Escritores Club forma parte del portal de literatura Escritores Libres y pretende convertirse en una propuesta cultural innovadora, capaz de ofrecer al lector la oportunidad única de conocer sus autores favoritos y dialogar con ellos directamente, sin intermediarios. Hemos reunido los mejores escritores independientes del panorama literario actual, dispuestos a ofrecernos su talento y sus valoraciones, no sólo sobre sus obras, sino sobre la literatura en general y el mundo que la rodea.

Esperamos que encontréis aquí respuestas a algunas de vuestras inquietudes y también un momento de esparcimiento, acompañados de la mejor literatura.

martes, 16 de diciembre de 2008

El Soldadito de Plomo - Hans Christian Andersen.

En nuestra recopilación de la mejor literatura navideña, ya os hemos hablado de Hans Christian Andersen, hoy os queremos traer una historia en particular que merece la pena tener en un lugar privilegiado de nuestra librería navideña: El Soldadito de Plomo.
 
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En este cuento, Andersen nos relata la historia de un soldadito de plomo que tiene una peculiaridad que le hace diferente al resto de soldados; le falta una pierna. Este terrible defecto le hace ser marginado y rechazado por su propietario, que no duda en tirarlo. Sin embargo, a pesar de todo el soldado se enamora de una pequeña bailarina, por la que sufre terribles desventuras y termina en un trágico, aunque muy romántico final.
 
Como todos  los cuentos escritos por Andersen, la historia tiene una doble lectura: por un lado se trata de una historia infantil y romántica de trágico final y, por otro lado, relata en tono de metáfora como los defectos físicos provocan de forma injusta el rechazo, como algunas personas son usadas y deshechadas cuando dejan de ser útiles  a la sociedad.
 
A pesar del aire trágico y un tanto pesimista del relato, la esperanza se recupera al final, cuando de las cenizas de la hoguera se recupera un perfecto corazón de plomo, y es que, sólo hay una cosa capaz de superar las desgracias y el desdén de una sociedad insolidaria, el amor verdadero.
 
Os dejamos con el cuento en su versión animada.
 

Publicado originalmente en Espaciolibros

Los sonetos del pasado


Ando por andar, perdido, buscando en la memoria, intentando percibir los sonidos, para ver si me muestra los perdidos, a encontrar el amigo, a encontrarme a mí mismo. Pero sólo encuentro los sonetos que escribí en el pasado. Paseando la mirada a mi alrededor, preguntando el por qué de lo que veo, de lo que he sido. Pero sólo encuentro los sonetos que escribí en el pasado. Mirando alrededor, pensando en el ayer, en el hoy, veo pasar, a mi lado, en la orilla, y en los sonetos que escribí en el pasado. Iré con mi prez hacia el dios de los desesperados, porque aunque me diga que no, sé que está en los sonetos que escribí en el pasado. Y ahora debo creer en la mirada, y aunque es duro el tiempo, es el mío, pero no a mi alrededor, aunque si al tuyo. Y pido. Pido respuestas al nombre. Pido recuperar el nombre. No hay miedo en sentir el por qué. En creer no hay miedo. Pero en mi realidad no hay. Sólo quedan los sonetos que escribí en el pasado. Sólo el gesto de una divinidad podría, al creer en mí, que todo es posible. Desechar el temor. Nombrar el nombre. Crecer y explicar las razones de todo lo absurdo. Escribir sonetos en el presente y no solo recordar los del pasado. Este es el tiempo de la mirada que ha de beber el cáliz del dolor para ser purificado y renacer en lo que es. Y la promesa se habrá cumplido. Créeme. El amor es divino. El amor es como el agua que llueve sobre el alma de quien cree. Creen en mí y serás tú. Ten fe y seremos la vida. Y escribiremos el soneto más deseado. Mientras, ahora, sólo puedo recordar los sonetos que escribí en el pasado.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Recuerdos

Hoy he visto una chica en el autobús, morena, de pelo largo y piel clara. Bellísima en su tristeza. La mirada ausente, perdida en alguien lejano. Se miró las manos, acariciándoselas con suavidad, como sintiendo el rastro de un tacto. Tal vez recordando. Me ha mirado y me ha sonreído, con desconsuelo, como si supiésemos ambos. He llorado su llanto, mientras acariciaba, yo también, mis manos.
Diego Jurado Lara

viernes, 12 de diciembre de 2008

Rumpelstiltzkin de los Hermanos Grimm

Siguiendo con nuestro repaso a las 10 mejores obras literarias navideñas,, no podían faltar los Hermanos Grimm, de los que destacamos especialmente el cuento Rumpelstiltzkin.

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Los escritores Jacob Grimm y a Wilhelm Grimm, se hicieron populares bajo la denominación los Hermanos Grimm, como autores de cuentos infantiles y también pos sus aportaciones al estudio del lenguaje alemán.

Fueron profesores, primero en la Universidad de Gotinga y después en Berlín en la Universidad Humboldt. Grandes estudiosos del lenguaje, legaron un Diccionario y una gramática alemana que, junto con abundantes estudios de la lengua alemana, les ha valido ser reconocidos por derecho propio como fundadores de la filología alemana.

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Los hermanos Grimm no son realmente autores de muchas de sus obras más famosas, sino que su labor se limita a recogerlas de la tradición oral, labor que hicieron de forma tan efectiva, que sus versiones escritas desplazaron a las tradicionales orales en la imaginería popular. Cuentos como "Blancanieves", "La Cenicienta", "Hänsel y Gretel" o "Juan sin miedo", provienen de la tradición oral de los hugonotes, que recogen, adornándolas, y en muchos casos suavizándolas, dada la extrema dureza de los originales, llenos de violencia e incluso alusiones sexuales explícitas.

La obra que hoy queremos destacar es Rumpelstiltzkin, que, aunque no es un relato netamente navideño, si es un excelente exponente de la mayoría de características habituales de los cuentos de los Hermanos Grimm; jóvenes princesas en apuros, reyes despóticos y crueles, personajes sobrenaturales y una finalidad claramente moralizante.

En el caso de Rumpelstiltzkin, un extraño duende con poderes mágicos, acude en ayuda de una joven en apuros, pero a cambio de su ayuda le pedirá su primer hijo varón cuando se convierta en princesa. La historia intenta advertirnos de las terribles consecuencias del egoísmo y la avaricia, que en el cuento se presentan tanto en el personaje del Rey (cegado por el afán de riqueza, esclaviza a una joven para obligarla a convertir la paja en oro), como en la princesa (acepta el trato con el duende por su ambición de convertirse en princesa) y, por supuesto, en el personaje del duende Rumpelstiltzkin, que sólo actúa por el placer de robarle a la joven su primogénito.

Os dejamos con un video que recoge el cuento.

Publicado originalmente en Espaciolibros

jueves, 11 de diciembre de 2008

MediMente

La Mente Cósmica

Imagine por un momento estar solo en el mundo, como único habitante del planeta. ¿Cómo manejaría sus sentimientos? ¿Podría sentir odio, rencor, envidia, no teniendo a quién dirigirlos? ¿Se puede sentir odio hacia algo inespecífico? ¿Odiar la situación de encontrarse solo, odiar al destino, a la Naturaleza, la cárcel tan abierta que nos permite la libertad de no ir a ninguna parte? ¿Y qué del amor? Ese sentimiento madre, único, esa energía que forma parte de nosotros, pura en su esencia misma y de la que brotan cual ramificaciones de un robusto y estable árbol, todos los demás sentimientos que un ser humano pueda sentir. ¿Podrá usted sentir amor a pesar de no poder envolver en sus brazos a la mujer de sus sueños, ni engendrar hijos con ella, ni compartir sus sentimientos con hermanos, padres, abuelos y demás integrantes de un árbol genealógico imposible de sembrar, de regar… de ver germinar? ¿Odiará la situación de no poder vitorear a su equipo de futbol o despotricar contra los políticos, los gobiernos y sus instituciones? ¿Será usted capaz de alegrarse o deprimirse, sentirse feliz o triste? ¿Podrá usted llorar o reír estando completamente solo en este mundo?

La Mente Cósmica somos todos, pero no disgregados en miles de millones de minimentes creyendo cada parte que es una completa. Creo que existe un síntoma y una palabra que le da nombre, que viene a ser como una especie de remembranza que vagamente nos asiste, de lo que en realidad somos. El síntoma es la constante crítica que realizamos unos sobre otros que no nos permite comprender cómo es que los demás no hacen lo que hacemos nosotros, no piensan como nosotros, no actúan como nosotros lo hacemos, no pudiendo nunca comprender la mente del otro. La palabra es intolerancia. Pero una palabra creada en este mundo, no en el real del cual venimos. Porque allí no tendría ningún sentido la tolerancia con uno mismo, que además es el único. Es una virtud que se ejerce respecto de los demás. Cuando lo hacemos respecto de nosotros mismos es porque nos sentimos unos extraños. No nos comprendemos ni identificamos. Como si no fuéramos nosotros. Allí somos todos uno. Todos el mismo. En nuestro mundo esto ocurre en el detalle más pequeño de las relaciones entre personas dentro de un grupo social reducido, como lo es la familia, hasta verse expresado de la misma manera pero con distinta intensidad, dentro de grandes organizaciones, empresas, sociedades, países. Es el resultado de la incomprensión entre partidos políticos, comunidades, religiones, razas. Es como si todos extrañáramos nuestros orígenes pero sin saber que éstos existen y son otros, distintos de los que creemos estar viviendo. Por eso nunca cesa nuestra sorpresa ante la forma de pensar, la "mentalidad" del otro, tan distinta de la nuestra. Porque aunque no lo podamos concientizar, no podemos adaptarnos a la diseminación de nuestra mente única, la Mente Cósmica, en una infinidad de pedazos, que en su constante y desesperado intento por volverse a unir, se enfrentan, se separan, se destruyen. Así es como del único sentimiento existente, que es el "amor", surge su aparente contrario, el "odio", la otra cara de la misma moneda, que de tanto intentar el regreso a la unión sin éxito, lo intenta en la dirección inversa.

Rudy Spillman


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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Las cartas de Papá Noel de J. R. R. Tolkien.

Siguiendo nuestro repaso a las 10 mejores obras literarias navideñas, hoy le llega el turno a una obra un tanto desconocida para el gran público: Las cartas de Papá Noel de J.R.R. Tolkien.

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John Ronald Reuel Tolkien, es considerado por muchos el padre de la literatura fantástica moderna. Nacido en Bloemfontein, Sudáfrica en 1892, se trasladó a Inglaterra en 1896, donde residiría hasta su fallecimiento en 1973, en Bournemouth, Hampshire. Este polifacético escritror británico, fue también poeta, filólogo, de 1925 a 1945, fue profesor de anglosajón en Rawlinson y Bosworth en la Universidad de Oxford y, de 1945 a 1959, profesor de lenguaje y literatura inglesa en Merton. Era miembro de un informal grupo de debate literario conocido como los Inklings y, el 28 de marzo de 1972, fue nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico por la reina Isabel II.

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Para el gran público, debe su popularidad principalmente a El hobbit y El Señor de los Anillos, que, junto a El Silmarillion y Los hijos de Húrin, publicados tras su muerte, forman todo un conjunto de obras englobados en un mundo de ficción Arda y especialmente es su continente más conocido, la Tierra Media.

Sin embargo, también fue autor de otras grandes obras de las que hoy queremos rescatar Las cartas de Papá Noel. Se trata de una colección de cartas que Tolkien escribió a sus hijos desde 1920 a 1936 y en las que el propio Papá Noel, narra su vida y aventuras. Las últimas cartas las firma el elfo Ilbereth, al que Papá Noel nombra su secretario personal. La obra está orientada a un público infantil y, en ella,Tolkien enriquece el mundo de Papá Noel con nuevos personajes como el Oso Polar, sus sobrinos Paksu y Valkotukka, los gnomos rojos, hombres y chicos de nieve, elfos rojos y verdes y duendes malignos. En cierto modo comienza a crear un mundo fantástico, tal y  como luego haría con su famosa saga de novelas.

Esta obra es una buena oportunidad de descubrir a otro Tolkien, tierno, infantil y lleno de buenas intenciones y sentimientos, y de disfrutar, junto a los más pequeños, de su desbordada imaginación una vez más. Tolkien termina sus cartas cuando sus hijos son ya demasiado mayores y lo hace poniendo en boca de Ilbereth una frase, un tanto nostálgica, pero que llena de sentido la obras: «conservamos siempre los nombres de los viejos amigos y sus cartas, y siempre esperamos volver algún día, cuando sean adultos y tengan casas y niños propios».

 

Publicado originalmente en Espaciolibros

"Hurtos en Familia" o "Herencias Desviadas"



Dos características peculiares posee esta figura cuasi jurídica, por llamarla de alguna manera, desde que desconozco que la misma se encuentre legislada en los códigos penales de algún país.

El robo es una modalidad harto conocida por todos, vocablo que solemos utilizar cuando deseamos señalar que alguien se ha apropiado de algo perteneciente a otra persona, sea ésta física o jurídica. Existe también el hurto, que recibe un trato más benevolente por parte de las instituciones legislativas debido a que si bien el acto de apropiación ajena es el mismo, la oportunidad obedece a diferentes circunstancias. Mientras en el primer caso existe intención y alevosía para cometer la sustracción, en el segundo, es resultado de la oportunidad que se le presente al casual ladrón. Pero al no ser el objetivo de este artículo dar una cátedra de derecho penal, iremos directamente al grano.

La principal característica de esta figura que aparece frente a mis ojos producto de la simple observación a través de los años y a la que suelo denominar "hurtos en familia" o "herencias desviadas", consiste en la casi unánime reacción de todo individuo frente a la ocasional posibilidad de que tal cosa sucediera en su familia, en el sentido de manifestar un rechazo categórico a que semejantes hechos pudieran tomar lugar en el seno de su propia familia. Hasta que llega el momento adecuado, y sucede.

Supongo que habrá lectores que a esta altura de mis dichos se identifican con su contenido y con tristeza menean afirmativamente su cabeza a medida que leen. Otros se enojarán un poco porque son los que en el reparto de papeles protagónicos se han quedado con el pedazo más suculento de la torta y han debido manipular convenientemente sus propias argumentaciones a los efectos de convencer y en especial, autoconvencerse de que lo que hacen es lo correcto.

Pero todos estaban seguros de que a ellos no les pasaría. Todos los familiares, si son hermanos, hijos, primos o cualquiera sea su parentesco; se quieren, se pretejen y se tienen tanta confianza mutua, que no podía ser que "el factor económico" viniera de pronto a cambiar las leyes del juego y a reestructurar la personalidad y el comportamiento de las personas involucradas, o a mostrarlas como en realidad eran. Porque ellos mismos vivían convencidos de ser otro tipo de personas antes de que la repartición de dinero se interpusiese entre ellos.

Deben estar también los otros lectores que mientras leen este artículo fruncen el ceño y se toman con una mano el mentón mientras piensan: "¿De dónde sacó este tío semejante disparate? ¿En qué planeta ocurre esto?" Y yo me alegro por ellos porque tales acotaciones vendrán a testimoniar que desaparecidos los padres o habiendo aparecido legados de generaciones aún anteriores, todos han sabido y han querido respetar los derechos de todos. En esos casos, el factor "dinero" no ha cambiado a las "personas". Celebro por ellos, pero lamentablemente son los más escasos.

En los primeros casos se observa que suelen ser las víctimas las únicas que advierten la anómala desproporción en la repartición de bienes. Los supuestamente beneficiados es posible que sepan encontrar argumentos de suficiente peso como para convencer o al menos, convencerse, según pudimos apreciar más arriba. Los perjudicados podrán entender razones, hacer las veces que las entienden, podrán enojarse, ofenderse o hacer de cuenta que nada ha pasado al valorar o necesitar más de los afectos que de los valores económicos perdidos.

En todo caso, estos tan conocidos "hurtos en familia" o "herencias desviadas" sabrán siempre encontrar familias que sucumban ante la tempestad sufrida, mientras otras vean asomar nuevamente el sol como si nada hubiese pasado. Todo sea por el entrañable amor de los seres queridos y el tan pregonado principio que dice:

"No hay nada más importante que la familia".

Yo agregaría: "...excepto, para algunas personas, el dinero".

Rudy Spillman

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