Escritores Club forma parte del portal de literatura Escritores Libres y pretende convertirse en una propuesta cultural innovadora, capaz de ofrecer al lector la oportunidad única de conocer sus autores favoritos y dialogar con ellos directamente, sin intermediarios. Hemos reunido los mejores escritores independientes del panorama literario actual, dispuestos a ofrecernos su talento y sus valoraciones, no sólo sobre sus obras, sino sobre la literatura en general y el mundo que la rodea.

Esperamos que encontréis aquí respuestas a algunas de vuestras inquietudes y también un momento de esparcimiento, acompañados de la mejor literatura.

viernes, 9 de mayo de 2008

Nuevamente en carrera...

Acostumbro publicar artículos casi diariamente, en por lo menos dos de mis tres blogs. Los lectores que de una u otra manera sigan mis escritos habrán podido notar la ausencia de los mismos desde el 30 de abril ppdo. Hace ya diez días. Diez largos, tristes y alegres días.

Durante este período, por respeto, no he escrito una sola palabra mía. Pero no he dejado de trabajar. Me he dedicado a buscar y recopilar material testimonial para la conmemoración, primero, del Holocausto Judío. Inmediatamente después hice lo propio para acompañar en su tristeza a todos los familiares de los soldados y todos los caídos en las guerras durante los últimos sesenta años del Estado de Israel.

Por último, en forma continuada e ininterrumpida, intenté adornar el espíritu de festejos, a los efectos de recibir con alegría el 60° Aniversario de la Independencia del Estado de Israel.

Ambos sitios se encuentran repletos de vídeos, canciones, testimonios, velas que acompañan tristezas, banderas flameando su alegría. Todo, dentro de un mesurado recato.

Y ahora sí, una vez visto aquí en Israel, el burbujeante ambiente repleto de sano alboroto y alegría, invito humildemente, a quien no sea asiduo a estos dos sitios pero encuentre algún interés, a acercarse a:

http://libroabiertorudyspillman.blogspot.com

http://rudyspillmaninhebrew.blogspot.com

A partir de mañana, yo, estaré nuevamente en carrera...

Rudy Spillman

miércoles, 7 de mayo de 2008

El sexo en el Arte. Más


Hace unos días leí que en Inglaterra se censuraban determinadas obras publicitarias que tenían relación con el Arte porque dañaban la “sensibilidad” del que mira o del que podía mirar, ya que se pusieron en el metro de Londres, lugar al que accedían todo tipo de personas (edad y condición).
Como este tema, el del Arte, lo que es Arte, ha sido tratado aquí en varias ocasiones, y a raíz de la última (el artículo de Juan Carlos), me lanzo de nuevo por estos vericuetos con la esperanza de cotejar opiniones y decir algo.
Una sociedad se rompe cuando la libertad de expresión se amordaza. Cuando la belleza del ARTE, en su más pura expresión, se censura. En el mundo en general, el ARTE siempre debe estar presente. La belleza, en cualquier forma de expresión artística, nunca ha de ocultarse al ojo del que debe aprender. No debemos ser tan estúpidos como para no admitir que en cualquier lugar no se nos permita mostrar y ver el Arte y así aprender a amarlo, eliminándolo porque nos enseña que existe el sexo. No debemos ser como aquellos papas que ocultaron el sexo de las estatuas desnudas con una hoja de parra. ¿Mandaremos eliminar la Maja Desnuda de Goya, la Venus del Espejo de Velázquez y el Jardín de las Delicias de El Bosco?
Cuando el ARTE, en su sentido más puro, aparece ante nosotros, debemos deleitarnos con él, aprender de él. El ARTE es libre, es belleza, y solo esas dos cosas merecen la pena. Pero no se debe ser pazguato. Se debe mirar con inteligencia. La risa estéril es un signo de necedad. Nunca la belleza hace daño.
El fin del ARTE es la emoción por la emoción, por eso estas imágenes están exentas de palabras. La estética hace, o debería hacer, posible la existencia. Vuelve la vida agradable y maravillosa, la llena de formas nuevas y la hace evolucionar, variar y transformarse, pero para ello hay que saber mirar.
Decía Óscar Wilde que al público se le había acostumbrado mal siempre. Le pide al ARTE que sea popular, que satisfaga su falta de gusto, que adule su absurda vanidad, que le diga lo que ya ha oído, que le muestre lo que debería estar cansado de ver, y que le distraiga de sus pensamientos cuando está hastiado de su propia estupidez. Pero el ARTE no debe ser popular, somos las personas las que debemos intentar ser artísticos, y para ello hay que saber mirar.
El ARTE es superficie y símbolo al mismo tiempo. Los que se aventuran más allá de la superficie lo hacen bajo su propio riesgo. Los que interpretan los símbolos también. El ARTE es la forma más intensa de individualismo que conoce el mundo.
Diego Jurado Lara

martes, 6 de mayo de 2008

El Arte y "El Traje Nuevo del Emperador"

traje

Hans Christian Andersen fue un famoso poeta y escritor danés, que nos regaló una gran cantidad de cuentos infantiles, llenos de originalidad y moralejas, más o menos ocultas. Pero hoy no voy a hablaros de él, sino de una de sus obras titulada “El traje nuevo del Emperador”.

En esta historia, un Emperador presumido, vanidoso y aficionado a los trajes nuevos, es engañado por dos pícaros que le venden un traje maravilloso, con la increíble virtud de ser invisible para aquellos que no fuesen aptos para su cargo o fuesen irremediablemente estúpidos.

Huelga decir que los pícaros engañan a todo el mundo y no confeccionan absolutamente nada, simulando simplemente estar trabajando. Nadie se atreve a confesar que no ve la maravillosa tela, dado que sería tachado inmediatamente de estúpido e incompetente, incluido el mismísimo Emperador.

Al final, el Emperador terminó por desfilar por su ciudad, completamente desnudo, incapaz de confesar que en realidad no veía traje alguno sobre su cuerpo. Sólo un niño se atrevió a gritar ¡Pero si no lleva nada!, levantando el murmullo de las gentes. Sin embargo, el Emperador ignoró la voz de la inocencia y continuó su desfile con altivez.

Alguno os preguntaréis por qué traigo aquí este cuento infantil. Lo hago, porque me parece que su moraleja es hoy más actual que nunca. Y es actual, porque en el mundo del arte, la sociedad se ha dejado embaucar por los actuales truhanes de turno. Como voceros del Emperador, los medios de comunicación y los adalides de la cultura se lanzan a alabar “obras de arte”, en las que se exponen cuadros de colores, manchas de tinta o colores sin sentido ni concierto alguno, por no hablar de las esculturas consistentes en cubos de basura amontonados, telas arrugadas o hierros retorcidos. ¿Es esto realmente arte?

Una parte importante del arte es la experimentación de nuevos medios y formas de expresar, pero ¿significa esto que todo vale? A menudo, oímos a sesudos intelectuales decir que tal o cual obra es buena porque crea emociones en el espectador. ¿Significa eso que crear emociones es el único objetivo del arte? ¿Es, por tanto, el arte un vehículo para crear emociones o sentimientos de cualquier tipo?

No, no lo es. Si así lo fuera, todo sería arte porque cualquier aspecto de la vida crea emociones. El ser humano es un ser de emociones y todo lo que le rodea le provoca esas emociones. Decir que todo es arte equivale a decir que nada es arte. Hemos vaciado el contenido de la palabra arte hasta dejarlo en un triste esqueleto de lo que ha sido a lo largo de la historia. Llamamos artista a un actor, a un presentador de televisión o a un escultor especializado en retorcer metales, pero, sin embargo, un alfarero que crea esculturas de arcilla y las vende en los mercadillos es un mero artesano.

Quizá ha llegado el momento de que hagamos caso a ese niño que grita ¡Pero si no lleva nada! Deberíamos mirar las “obras de arte” con los ojos de la inocencia y decir lo que de verdad estemos viendo o sintiendo ante una obra, ignorando por completo a los intelectuales de turno y sus sesudas explicaciones intentando vendernos un nuevo traje para el Emperador.

A continuación os dejo un vídeo que en tono de humor aborda este mismo tema. Quizá cuando el vídeo os cree la emoción de la risa, sería un buen momento para preguntarse ¿Será una obra de arte este vídeo o será simplemente un vídeo de humor?

Foto:  http://www.blasonstudio.com

lunes, 5 de mayo de 2008

El más leido

A veces es difícil contar, mucho con pocas palabras
A veces cuesta enganchar, con tu historia al que por aquí pasa
No siempre es sencillo encontrar, las notas en una guitarra
No todos leen sin parar, los escritos que ante ellos recalan
En otras no logras hallar, palabras del todo acertadas
No haces si no buscar y buscar, en lo más hondo, dentro de tu alma.

Son muchos los escritos que se van, sin tan siquiera ser terminados
Desapareciendo todos ellos sin más, sin final y sin ser valorados
Hay otros que se logran acabar, pero a nadie gustan o enganchan
Esto no debe desanimar, pues seguro habrá otros dignos de alabanza.

Al escritor le gusta gustar, pero no es ese el mayor de sus placeres
Un escritor ya sea excelente o normal, busca sobre todo plasmar lo que siente.


Víctor G.Pérez

domingo, 4 de mayo de 2008

A todas las Jennys, se llamen como se llamen

Varias veces al día Jenny se pregunta que habrá sido de aquel chico de la escuela.
¿Dónde habrán quedado ya esas tardes con las amigas donde la mayor preocupación era saber si al fin una de ellas se había atrevido a dar su primer beso?
¿Qué fue de esos paseos en bici, aquellos veranos en los que siempre llegaba un poquito más tarde de lo mandado para poder contemplar el atardecer junto a ese chico tan majo del apartamento de al lado?
Quizás la vida que le ha tocado vivir no es la que siempre soñó, pero aún así es la suya y piensa vivir hasta el último suspiro de su último instante.
Jenny hoy ya es una mujer, una del siglo XXI, de las que se levanta antes de las siete a preparar el bocadillo a sus hijos, a los que deja puntual a la puerta de su escuela antes de que sea demasiado tarde para llegar la primera a la oficina, ese ascenso está cerca y no puede descuidarse.
Jenny llega y hace la comida para todos, lava, plancha y aún tiene tiempo de recordarle a su marido lo mucho que lo quiere.
Jenny, de niña a mujer, de hija a madre.
Jenny una mujer de armas tomar, una madre modelo de las muchas anónimas que conviven entre nosotros intentando hacer que su voz se oiga en un mundo de hombres por encima de las demás.
Jenny, magnífica mujer, gracias por ser esa madre ejemplar.


Víctor G.Pérez

sábado, 3 de mayo de 2008

¿Es la Sábana Santa el Santo Grial?

sindonegrial

Durante la elaboración de mi novela Síndone, tuve la oportunidad de sumergirme en la historia de uno de las reliquias religiosas más famosas y también más controvertidas que existen: La Sábana Santa. Mi intención era construir un thriller con la historia de la famosa reliquia como telón de fondo, sin embargo, a medida que me sumergía en su historia, otro objeto, no menos controvertido, comenzó a aparecer repetidamente: El Santo Grial.

Poco a poco, fui descubriendo las continuas coincidencias geográficas, históricas e incluso simbólicas entre ambas reliquia, hasta el punto de llegar a la conclusión de que ambos objetos se referían en realidad al mismo mito y sumergían sus raíces en un origen histórico común.

De esta forma, mi novela Síndone varió sustancialmente y, aunque mantuvo su esencia como thriller, tuvo como telón histórico, la reconstrucción de la que podría ser la verdadera historia del Santo Grial y, por ende, de la Sábana Santa.

Para ilustrar correctamente esta teoría realicé un artículo que fue publicado en la revista MAS ALLA y que es el que quiero traeros hoy a modo de documental, para que lo valoréis por vosotros mismos. En él se exponen someramente algunas de las múltiples coincidencias entre las reliquias, reconstruyéndose cuál puede haber sido su verdadero recorrido histórico.

Me gustaría, no obstante, recalcar para los escépticos, que en ningún momento se aborda el espinoso tema de la verdadera naturaleza de la Sábana Santa. Su naturaleza última, que podemos abordar en otro artículo, no es en realidad relevante para sustentar esta teoría, es suficiente con que quienes tuvieron la oportunidad de poseerla desde el siglo XII en adelante estuviesen convencidos de su origen divino.

Espero vuestro comentarios y aportaciones.

Web del autor: http://www.jcboiza.com

Web de la novela "Síndone": http://www.sindone.es

viernes, 2 de mayo de 2008

1894

Nunca había escrito un relato en el blog, así que me lanzo con este. Lo escribí después de leer La Máquina del Tiempo, de H.G. Wells. Se notará en la ambientación y en la forma de narrar. Espero que os guste, y espero crítica. Corregidme, por favor, si véis que algo no va bien.


Estaba totalmente seguro de haberlo logrado al fin. El mayor logro de la historia estaba en mis manos. Pero no podía evitar sentirme aterrado ante la simple idea de lo que debía hacer.
Sin embargo, tras repasar todos los cálculos y variables que invadían el laboratorio, logré armarme de toda la confianza y de todo el valor que pude hallar en mi interior para subirme al artefacto. Verme ante los controles por primera vez me hizo pensar de nuevo, pero la emoción creció tanto en mi interior que acabó por tornarse imposible de rechazar. Así que lo hice, Dios me perdone, pero lo hice…
El miedo que segundos antes, años antes, me invadiera desapareció por completo al ver el éxito del experimento. Había programado un viaje a 50 años en el futuro, a 1944; ¡y lo había logrado!
Espacialmente, no sabía exactamente dónde me hallaba, pues la máquina debía ser aún perfeccionada en este sentido. Pero eso era lo de menos, ya que sí sabía cómo volver al punto de retorno. El viaje en el tiempo era lo que en realidad me importaba, y ya era un hecho.
Despacio, me bajé del artefacto, más aturdido quizá por el impacto del logro alcanzado que por el viaje en sí. Miré en torno y no pude evitar sonreír y sentirme fascinado por cada centímetro cuadrado de aquella extraña y futura estancia. Era increíble y, aunque hoy he aprendido el funcionamiento y manejo de todos los artefactos que allí encontré, recuerdo perfectamente la fascinación que en aquel momento sentí. Sobre todo, en cuanto a la radio. ¡Nunca hubiera logrado, por mí mismo, descubrir cómo funcionaba tan increíble invento!
Y, de repente, sucedió. El dueño de la casa me oyó y apareció, pues se hallaba en la habitación contigua. Entró, y se limitó a mirarme y sonreír. Ni siquiera se vio sorprendido por la aparición de tamaño artefacto en el centro de su cocina.
-Hola, William -se limitó a decir. Irónicamente, el único sorprendido de los dos ahora era yo. El hombre del futuro, al parecer, ya me conocía.
-¿Cómo sabe mi nombre? -balbucí- ¿Quién…?
-Siempre lo he sabido, William. Llevo toda mi vida esperando por usted y, al fin, le conozco.

Mi sorpresa fue en aumento. Todo aquello era de lo más extraño. Por unos segundos creí haber fracasado en mi viaje y estar soñando alguna extraña pesadilla. El hombre del futuro se acercó a una estantería, cogió uno de los tomos de su enciclopedia, lo abrió por una página previamente marcada y me lo mostró. Cogí el libro en mis manos y lo ojeé. Había sido claramente más utilizado que el resto de los tomos y las páginas que me mostró estaban llenas de apuntes y notas hechas por él. En un principio, no fui capaz de comprender qué pretendía mostrarme pero, tras unos minutos, lo comprendí.
-¿Ve usted lo que dice, William? Espero que el inglés de 1894 no fuese muy diferente a este.
-No -murmuré al fin-, no. Lo comprendo. Pero, ¿qué significa? ¿Este soy yo? -señalé, temblando, a una fotografía que no recordaba.
-Efectivamente, William -dijo riendo de nuevo. Parecía muy emocionado de verme. Entonces señaló a otra fotografía en la que yo aún no había reparado-. Pero mire esta, mírela.
En esta otra también aparecía yo, esta vez de pie junto al artefacto, en 1894.
-Sí, William, sí -dijo-. Ya lo entenderá-. Y entonces, perdí el conocimiento.


*****


Recuerdo que me despertó un timbre muy fuerte. No paraba de sonar y me taladraba profundamente la cabeza. En un principio, creí haberme desmayado por mí mismo pero, tratando de encontrar al hombre del futuro para que me ayudase, me di cuenta de que había desaparecido. Tan sólo hallé el libro que estábamos ojeando y el garrote con el que, evidentemente, me había golpeado. Me levanté de un salto y, con horror, comprobé además que el artefacto también había desaparecido. Me invadió una fuerte sensación de náusea agravada por el incesante timbre. Decidí que lo primero que debía hacer era tratar de apagarlo, así que me dirigí a su fuente. Comprobé que sonaba porque había alguien llamando a la puerta. Al abrir, un sorprendido mensajero me tendió una carta muy gastada, diciendo:
-Siento haberle molestado, señor, pero recibimos órdenes expresas de entregar así esta carta. Es increíble, pero ha resultado tal como las instrucciones indicaban.
-¿A qué se refiere?
-Verá, señor. En 1909, se entregó esta carta a la compañía con órdenes expresas del testamento de William Parkhill, inventor de la máquina del tiempo.
-¡William Parkhill! -exclamé. La cabeza me dio un vuelco, todavía dolorida. Tuve que apoyarme contra la pared.
-¿Se encuentra bien, señor? Parece mareado.
-No, tranquilo -le dije-. Continúe…
-El testamento de Parkhill decía que esta carta debía ser entregada en esta dirección hoy a las 17 horas. Y se hacía especial hincapié a que el mensajero insistiera hasta que la carta fuese recogida por el inquilino. Parecía una tontería, señor, pero así ha sido.
Recogí la carta y le cerré la puerta al pobre muchacho sin decir más.
Volví corriendo a donde se hallaba, mal caído, el libro. En él se mostraba la biografía del inventor del artefacto: William Parkhill. Pero, extrañamente, esa era ya la única coincidencia conmigo, el nombre. En la fotografía, el hombre del futuro. Y su biografía, la mía hasta 1894. Después me era totalmente ajena. Concluía diciendo que se había vuelto un hombre extraño y excéntrico hasta que, efectivamente, murió en 1909.
Volví a fijarme en la carta. Estaba dirigida al inquilino de la casa. La abrí con cuidado para tratar de obtener más detalles y me encontré de nuevo con el hombre del futuro:


Londres, 24 de agosto de 1909


Estimado William:
Después de lo que acabas de pasar, entiendo que te encuentres totalmente desconcertado y, seguramente, airado. Pero trataré de explicártelo de la manera más sencilla.
Ante todo, siento mucho haber tenido que golpearte la cabeza y huir tan pronto, sin explicarte todo esto en persona. No es precisamente el modo de actuar de un caballero, pero ha sido preciso, por nuestra propia seguridad.
Créeme, cuando te digo, que todo esto ha sido resultado de una amplia planificación que me llevó años, dolor, lágrimas y multitud de noches en vela a lo largo de mi vida en anterior. Y créeme, por favor, cuando te digo que he tratado de hacer esto causándote el menor daño posible. Todo lo que he hecho, como te digo, ha resultado ser la mejor solución para los dos después de haberlo meditado profundamente. Sólo siento no haber podido contar con tu opinión para llevarlo a cabo. Primeramente, no creo que hubiese sido capaz de explicártelo. Y, sinceramente, no me pareció conveniente tratarlo contigo si corríamos el riesgo de provocar una paradoja.

Mi nombre, como ya te he dicho, es William Parkhill. Sí, es cierto. Me llamo igual que tú. Y es algo que aún hoy, en mi último día de vida, no alcanzo a comprender. Espero sinceramente que tú logres descifrar tu parte del enigma como yo logré solucionar la mía.
Y no fue sólo mi nombre, William. Mi vida, toda mi vida, se iba desarrollando paralela a la tuya. A los cuatro años rompiste una pierna patinando, lo sé; yo también. A los seis perdiste a tu padre, lo sé; yo también. Fíjate en el libro y te darás cuenta como yo me di cuenta. Mi vida corría de algún modo paralela a la tuya. Y fue a los seis años cuando me percaté de ello. Me pasé media vida tratando de evitar que me sucediera todo como a ti, estudiando tu vida, estudiando tus pasos para evitarte, pero resultó totalmente inútil. Cuanto más lo evitaba, más me percataba de lo inútil que resultaba. Así que, al fin, comprendí lo que debía hacer. Mi misión era cumplir con esa historia. Esa historia ya escrita no era la tuya, no era tu vida; por eso no podía evadirla. Era la mía.
A partir de entonces me dejé llevar, hasta que aparecieses en mi vida. Esperé años, desesperando unos, y lleno de confianza otros pero, al fin, apareciste. Y al verte, no tuve dudas de lo que debía hacer: ocupar mi lugar. Y es lo que he hecho. Hice lo que debía hacer y ocupé mi sitio, hasta hoy. Hoy, 24 de agosto, moriré en un accidente para mañana, 25 de agosto, nacer de nuevo.

Ahora, amigo, a ti te toca coger el relevo. Sé que no es justo, pero es lo necesario. Yo ya he ocupado mi lugar y he vivido mis días. Ahora, te toca a ti buscar tu lugar, encontrar quién eres y, si es posible resolver este enigma.
Confío en que, si esta carta llega a ti, te sirva, aunado al testimonio de la compañía de correos, para sacar a la luz esta trama. Espero que lo hagas y que puedas recuperar tu vida. Ahora que yo ya no estoy podrás cambiar los libros de historia. El mundo debe saber que tú eres el verdadero inventor de la máquina del tiempo y, así reparar el daño que te he hecho durante los últimos cincuenta años.



Siempre tuyo,
William Parkhill


Los recuerdos de aquel día se nublan en este punto. No sé exactamente qué me sucedió. Puede que me desmayase de nuevo, esta vez sí por mí mismo, o puede que mi mente haya neutralizado por completo el dolor que en aquel momento sentí. No lo sé.
Después, sólo recuerdo, unos minutos después, estar vagando por la casa, aturdido, sin sentido, sin pensar en nada. Me acerqué a la estantería en la que se encontraba la enciclopedia. Vi que se hallaba repleta de libros de ciencia, de viajes y de fotografías. Cogí uno de estos últimos. Me centré en una en particular. Se veía una preciosa casita, extrañamente familiar, ante la que sonreía una gran familia feliz. Los miré uno a uno. Todas sus caras me sonaban, pero no recordaba haberlos conocido jamás. Tan sólo conocí a un hombre: aquel hombre era yo.