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domingo, 26 de abril de 2009

Por nuestra "primavera"



El sarcasmo, la ironía, el cinismo, incluso a veces hasta la aplicación de la hipocresía son elementos que hemos sabido utilizar desde que aprendimos a comunicarnos. Actualmente está muy de moda utilizar estas formas sobre las que yo personalmente no encuentro ingrediente sano alguno, como tampoco en la estética de la construcción de textos, sean estos verbales o escritos. Pareciera que lo que intentan es siempre burlarse del interlocutor, en especial si aquella burla puede hacerse pública. Pero estos groseros y desagradables métodos ¿logran resolver una discusión? ¿Ponen luz en la solución de algún conflicto? ¿O sólo están destinados a resaltar la imagen del sarcástico personaje que ataca pudiendo entonces gozar de no sé qué relativa habilidad y permitiendo inflar su ego a los niveles deseados, a costa de apabullar a su aparente oponente, cuando lo consigue?
Todo ello es escenario también actual y creciente en la política internacional y en la interna de muchos países pero con características un tanto disímiles debido a que el sarcasmo lo practican entre ellos pero los perjudicados son siempre los pueblos. Lo que muestra cada vez con mayor notoriedad que los políticos actualmente, además de llenar sus bolsillos cumplimentando con eficacia trámites destinados al exclusivo interés propio tratan de perpetuarse en sus cargos intentando explicar lo inexplicable. Los pueblos se quejan, muestran su constante disconformidad. Me refiero a la mayoría de los países desarrollados y donde imperan democracias que permiten producir los cambios. Ello no significa que en los países subdesarrollados no se exprese la disconformidad y aún mayor porque generalmente llega acompañada de represión, y violencia por ambas partes. Pero en estos casos poco pueden hacer sus pueblos encerrados en una patética libertad encarcelada. 
Pero nosotros, las llamadas "sociedades del primer mundo", no sólo no salimos en ayuda de nuestros vecinos, ya ni siquiera sabemos cómo ayudarnos a nosotros mismos. Si hemos presenciado una y otra vez la patraña en la que se convierte la política de nuestros países convirtiéndonos en el hazmerreír de los políticos de turno, ¿porqué a pesar de que sabemos que ninguno de nuestros actuales representantes resolverá los problemas sociales continuamos asistiendo a las urnas, dudando hasta el último momento (votos de los indecisos) y finalmente votando por los "menos malos"? ¿Qué pasó? ¿Realmente creemos que ya no quedan "buenos"? No es cierto. Todavía existen los buenos, inteligentes y capaces. Tenemos que saber encontrarlos.
¿Cómo hace la sociedad entera en un país, si desea cambiar al 90 % (por arriesgar una cifra) de sus políticos? Esto debiera poder llevarse a cabo en nombre de nuestros legítimos derechos democráticos. Pero existe un detalle: DEBEMOS UNIRNOS.
Alguna vez un gobernante dijo: "El pueblo unido jamás será vencido". Una frase muy simpática y real que ganó gran popularidad en su época. Pero su realidad no ha logrado salir de la utopía. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que ya hace largo tiempo que los políticos vienen venciendo a sus pueblos? ¿No habrá llegado la hora de unirnos verdaderamente? ¿O preferiremos continuar quejándonos y pensando que "un sólo pájaro no puede hacer primavera"?



Rudy Spillman
LIBRO ABIERTO

2 comentarios:

Florencia Moragas dijo...

Excelente reflexión
Flor

Antonio Castro dijo...

Cuanta razón tienes Rudy. Los manipuladores llegan al poder con más facilidad que nunca y eso indica nuestro nivel de incultura. Mucha gente no lee, solo ve la televisión que se ha convertido en un instrumento de manipulación al servicio de los que tienen dinero para invertir en manipular. Esos ilustres televidentes empedernidos son los que votan, y estamos en un círculo vicioso donde la gente cree que el pueblo no se equivoca nunca porque se lo escuchó decir al político adulador de turno. Yo creo que los que no se equivocan son los que manipulan, los que provocan las crisis económicas y nos dicen que nos apretemos el cinturón. Los que han logrado que en plena era de la información, la gente sea más inculta que nunca y carezca de criterio propio. Triunfa la cultura del patetismo y de la incorrección. El espectáculo de las vidas vergonzosas y patéticas elevadas a la fama y convertidas en modelos a imitar. Una forma de entender la vida que ya se inculca desde la más tierna infancia en programas infantiles. Es bueno reírse de uno mismo y hacer reír a los demás, pero si para eso hay que convertirse en un ser patético no merece la pena. Hoy en día la opinión de cualquier patético famosillo vale más que la de cualquier experto en la materia que ni siquiera sale a todas horas en televisión.