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jueves, 24 de julio de 2008

Felicidades a todos, matemáticamente hablando


Me pregunto por qué no tengo toda la inteligencia necesaria para explicar muchas cosas que sueño, pienso, se que existen, pero no las entiendo por completo. El día fuera del tiempo es una de ellas.
Estandarizado por el tzolkin maya el día fuera del tiempo es una especie de punto de inflexión que transforma un ciclo en otro, pero que no detiene el movimiento del cosmos. Es simplemente un paso. El tzolkin, como ya todos saben, es un calendario –el más exacto que se conoce en términos matemáticos- formado por un ciclo de 13 lunas y 20 sellos solares, los cuales se conjugan para determinar y dar sentido a toda la existencia en el planeta tierra y el cosmos… «Toda la existencia», toda, toda…
Pero no se explicarlo. Menos en términos matemáticos. Una vez me acerqué al tzolkin a través del arte y quedé gratamente sorprendido por los determinantes que daban a mi existencia la fecha tzolkin en la que había nacido. Pero más sorprendido estuve cuando –con el tiempo- me di cuenta de cómo el tzolkin podía establecer una conexión total y exacta con todo componente que exista en el universo. Desde la mano de cualquier persona, hasta la composición y ciclos del universo, pasando por la mente de las personas y la tierra misma. Un ámbito demasiado amplio para ser conmensurado, pero coherente y complejamente fascinante.
Pero como sabes, no se explicarlo… Así que, dado eso, aquí va lo que siento…

Comprendí aquello de los ciclos y el movimiento cuando entrelacé mis lecturas y estudios con un relato Inca de un músico que vive en Pisac. Aquel hombre nos contó cómo la cosmovisión indígena incaica estaba siempre en constante movimiento y que cada cierto tiempo complejo esos ciclos transformaban sus procesos hacia destinos más positivos o negativos, según el período y cada 500 años gregorianos. Para él la llegada de los españoles significó el cenit del ciclo de decadencia de los incas, los cuales ya venían desde hace un tiempo presentando señales de decadencia social y espiritual. Pero como sabemos ese ciclo finalizó el 12 de octubre de 1992. El día de los 500 años, sí, ese famoso día. A partir de ese momento –según las palabras del músico- se gestaba el cambio de ciclo en el proceso hacia un destino más positivo, es decir, lo contrario al proceso anterior. Siempre es así. Entonces el vaticinaba 500 años de trascendencia indígena y una elevación de su cultura y cosmovisión. Para él eso se reflejaba en todas las señales del mundo occidental que advertían el acercamiento de muchas personas hacia filosofía más integracionistas y que estaban dejando de lado la razón instrumental para dar paso a una visión de mundo más bien espiritual, mística, integral o compleja, como quieran llamarla.
Pues bien. Esa forma de pensar –esa cosmovisión- es común en todos los pueblos indígenas de América. Desde al ártico hasta tierra del fuego. Todos los pueblos tienen un origen común filosófico que se constituye en las estrellas y, a partir del cual, planifican y construyen su vida.
Y aquí va algo de lo que no estoy seguro, pero tal parece que muchas de sus profecías como pueblos son similares en forma y contenido, además de fechas tentativas, y que además empatan con filosofía y profecías orientales, con las cuales poseen mucha relación.
Y por qué digo todo esto. Pues porque en eso creo y porque se que nos encontramos en un punto crítico del ciclo actual de la tierra y el cosmos. Y es este proceso el que nos señala con una complejidad y coherencia absoluta el tzolkin maya. Estamos a pasos del cenit. Y todo proceso individual, social y terrenal se ve afectado por este ciclo.
Ahora bien, qué implicancias tiene esto en la vida de todos nosotros, no lo se, y tampoco me interesa discutirlo, sino más bien decir que se «peguen el cacho» (descubran) solos. Y una vez hecho eso se darán cuenta de que no están tan solos.
Cada 25 de julio de todos los años es el día fuera del tiempo. Felicidades entonces, matemáticamente hablando…

1 comentario:

Rudy Spillman dijo...

Estos temas, no es necesario entenderlos demasiado. Basta con sentirlos y hacerlos sentir.
Queda aquí, su mística, condensada en el texto. ¡Excelente artículo!
Un saludo.
Rudy