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lunes, 5 de enero de 2009

La noche perdida

Antes del mito y los caracteres, tres fuerzas primordiales hollaban los continentes y los mares en busca de un Secreto que jamás había sido revelado. Si las crónicas no son completamente falsas, su conocimiento implicaba la omnisciencia, pero es lícito pensar que la idea original degeneró con los siglos. Una vez al año, con precisión cósmica, abandonaban sus moradas para fatigar cada rincón de cada valle, de cada gruta, de cada bosque. Sólo unas horas les eran dadas para concluir su búsqueda. Así, cuando abrían los ojos al mundo, éste había cambiado tanto que se veían obligados a empezar desde el principio.

Venían de los crueles desiertos y de ignotas regiones que se confundirían con los infiernos. Muchos han sido los nombres que se les han dado: Ator, Sater y Paratoras; Magalath, Galgalath y Serakin; Appellicon, Amerim, y Damascón; Hor, Karsudan, y Basanater; Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph; Kagbha, Badadilma y Badadakharida; Melchor, Gaspar y Baltasar... Serakin, que montaba un elefante, era negro porque al fondo de los océanos no llega la luz del sol; Magalath, el anciano de largas barbas blancas, un caballo; Galgalath, de barba y tez cobriza como las arenas y las rocas, un dromedario. Pero en tiempos primigenios acaso los condujeron criaturas olvidadas. Dominaban la magia, es decir, el poder de alterar los elementos a placer; altas efigies, largas túnicas y el símbolo fundamental los delataban inequívocamente. Conviene recordar que la tradición los dulcifica y los teme con idéntica proporción.

Con la llegada del hombre, el Secreto pudo caer en manos ignorantes o perversas. Mucho deliberaron los Magos de Oriente en altas torres, que siglos después presidirían el reino increíble del Preste Juan. Nada les hubiera costado arrasar la incipiente civilización y erradicar a esos nuevos habitantes molestos. Sin embargo, una señal de los cielos detuvo a tiempo sus belicosas intenciones. La astronomía, en la que eran eruditos, era otro de los caminos que seguían para hallar la respuesta. Una determinada conjunción de los astros, una nova y una leyenda humana (pues no todas eran despreciables) situaban el lugar del Secreto en un punto preciso de la geografía, poco después de su cíclico despertar. El lugar era una aldea llamada Betléem, donde los hombres se reunirían para contemplar un hecho milagroso. La espera fue más ardua que todas las búsquedas, pues el fin estaba cerca. Galerías, salones y sótanos parecían abandonados por el silencio que los atravesaba hora tras hora. Pero esta vez, su poder no sería útil; sentían que no era conveniente alterar hechos tan minuciosos.

Por fin llegó el día señalado. Los desiertos se estremecieron con el ímpetu de las fuerzas, que hábilmente habían adoptado formas comprensibles para la mirada humana. Durante la siempre nocturna travesía, que los llevó por parajes que nadie ha contemplado, temieron que el Secreto ya hubiera sido profanado a su llegada. Intentarían pasar desapercibidos, pero aplastarían cualquier oposición humana, pues su poder no era comparable, y sus valores pertenecían a mundos distintos. De noche, la nova brillaba con fuerza, y bajo ella, en un lugar incierto, descansaba la ansiada sabiduría.

Tras muchas jornadas inagotables, los Magos empezaron a divisar una luz en la tierra. Era Yerushalaim, que sólo existía en la negrura del desierto y que los guió desde entonces. Cuando las antorchas estuvieron cerca, inmensos palacios y edificios se levantaron de las arenas inefables. Comerciantes y ladrones se afanaban en sus oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico, donde comerciantes y ladrones se afanaban en sus respectivos oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico... Un hosco tabernero les dijo que allí reinaba Hordos, al que odiaba por cruel, sanguinario y licencioso, y por haberse vendido a los romanos. "Ese hombre", pensaron, "tiene medios para encontrar el secreto, así que nos será útil". A medianoche se presentaron en palacio como reyes de tierras exóticas y lejanas, lo que debía excitar la curiosidad del rey. Como habían planeado, les concedieron una audiencia con ese Hordos al que profesaban temor y asco. Quien, tumbado entre amplios cojines, era agasajado por hermosas jóvenes, no infundía temor ni parecía capaz de crueldad, pues no había en él suficiente inteligencia. Era corpulento y sonreía de manera estúpida mientras bebía vino de una copa ornamental. Los Magos fueron presentados como Magalath, Galgalath y Serakin, venidos de reinos lejanos y desconocidos.

-¿Qué os trae a Yerushalaim, oh reyes? -preguntó, sin dejar de sonreír, Hordos.
-Estamos buscando algo que quizá tengas -respondió secamente Serakin.
-Dime de qué se trata y decidiré si puedo regalároslo o vendéroslo -volvió a burlarse el rey.
-Ni lo sabemos, ni podemos decírtelo, ni lo entenderías. Es el Secreto -dijo Magalath.
-¡Cuidado, reyes! -advirtió Hordos, adoptando un gesto colérico. Las jóvenes se retiraron a un gesto de su mano. Hordos continuó:- No me ofendáis en mi palacio porque mi mano nunca ha temblado al sesgar una vida.
-Discúlpanos, Hordos -dijo, conteniéndose, Galgalath-. Nuestro viaje ha sido largo y tortuoso y estamos cansados. Sólo queremos saber si conoces la leyenda de la estrella que brilla en los cielos estos días.
-¡La leyenda! -exclamó Hordos- ¿Venís por la leyenda? ¿Qué sabéis de ella?
-Vagas referencias -dijo Magalath-. Sólo sabemos que algo importante acontecerá en esta región dentro de poco. ¿Qué sabes tú?
-Poco más -mintió-. También quiero saber qué va a suceder. Éste es mi reino y debo estar informado de estos asuntos.

Hordos conocía la profecía de Miqueas, que prometía revueltas populares y ponía en peligro su reinado. Pero esto sólo era de su incumbencia.

-Ahora podéis partir -dijo Hordos tras un breve lapso-, pero no olvidéis traer información a vuestro regreso.
-Tienes nuestra palabra -respondió, sonriendo, Serakin. Accedieron porque la palabra dada a un hombre no los comprometía.

Los Magos sabían que ese miserable no había encontrado el Secreto, cuya posesión otorga una presencia inconfundible. Partieron nuevamente rumbo a Betléem y se perdieron en las entrañas del desierto. El frío arreciaba y la oscuridad era absoluta. Sólo el cielo, y en él una estrella nueva, parecía tener vida. De pronto, a lo lejos, una nueva luz, mucho menor, se asomó tímidamente a la llanura. Hacia ella dirigieron sus pasos los Magos, esperando recabar más información. A medio camino de lo que intuían como una pequeña ciudad se encontraron con una escena inesperada. Un hombre, una mujer y un niño, se cobijaban del frío en un establo que apenas se tenía en pie. Lo compartían con un par de bueyes renqueantes. En ese punto miraron al cielo y comprobaron, atónitos, que todos los signos se conjuntaban allí, donde sólo había una familia de nómadas. El hombre se adelantó para hablar con ellos. Tenía una tupida barba negra, el gesto cansado y los ojos viejos.

-¿Quiénes sois, señores? -les preguntó- Yo soy Yosefyah y ella es Mariam, mi esposa. El que está en su regazo es nuestro hijo, Yeshua, que acaba de nacer.
-Nuestros nombres no deben importarte -respondió Magalath, ya impaciente-. Venimos de muy lejos en busca de algo que tienes y nos pertenece. Dánoslo y no sufrirás.
-¡No hay ya nada que yo posea! -se lamentó Yosefyah-, salvo mi amada familia. Si me pedís que os la entregue, habréis de dañarme porque prefiero morir a perderla.

En los ojos de Yosefyah brilló un fulgor que no habían visto antes. Su interés por los humanos era escaso, y su contacto con ellos se limitaba a unos pocos individuos vacíos y mezquinos. El sentimiento de ese hombre, que era nuevo para ellos, les pareció, sin embargo, auténtico.

-Has hablado con valentía -dijo Serakin, y su voz atemorizó a las cosas de la tierra-, y eso te honra. Pero debes saber que no somos piadosos, y nuestro poder supera cualquier fenómeno que tus leyendas te hayan transmitido y tus ojos hayan contemplado.
-He hablado con sinceridad -repuso Yosefyah-, pues soy un hombre humilde. Sabed que tuve negocios y propiedades allá de donde me exilié, pero en estos días de júbilo por el nacimiento de mi primogénito, no me queda ni un techo para guardarlo del frío. ¿Cómo podría tener algo que buscan hombres poderosos, cuyo valor será indudablemente muy alto?

Galgalath, que empezaba a desesperar, rugió:
-¡Buscamos la Sabiduría, y tú eres sabio! Podrías haberla encontrado antes que nosotros y haber armado este espejismo.
-Si fuera tan sabio, ¿no me habría resultado más sencillo esquivaros o aniquilaros? ¿Y no habría construido una casa para mi familia? No soy sabio, y mis fuerzas nada pueden contra vosotros. Pero el amor que me une a mi familia es indestructible.
-¿El amor? ¿Qué es eso? -preguntó Magalath.
-No puedo explicarlo -se disculpó Yosefyah-. Sólo sentirlo. El amor es lo que se encendió en mí, y no se ha extinguido, cuando vi a Mariam por primera vez. Es lo que nos animó a dejar atrás nuestras riquezas y lo que nos trajo a este remoto establo a través de un penoso viaje. Pero sobre todo, es lo que trae nuestro hijo, que viene a salvar el mundo.
-Yosefyah dice que no es sabio, pero sus palabras lo contradicen -intervino Serakin, dirigiéndose a los Magos y pronunciando el nombre del otro por primera vez-. Sin embargo, sus razones son correctas. ¿No habremos juzgado incorrectamente a los humanos, a los que siempre hemos creído ladinos y traicioneros? Acaso estamos confundiendo la naturaleza del Secreto. ¿Y si fuera el poderoso misterio que fluye bajo sus palabras?

Mientras los Magos discutían, un grupo de pastores llegó a donde estaban , y allí se arrodillaron. Un profundo silencio se hizo en la llanura, y el brillo de la nova se hizo más intenso. Galgalath se acercó:

-¿A qué venís y por qué os arrodilláis? -les preguntó.
-Somos pastores de estas tierras -dijo uno de ellos- y venimos a adorar a este niño. Todos hemos sentido que ha nacido esta noche y algo nos ha traído hasta aquí.

Una pastorcilla se acercó a Mariam y le dio mantas, leche y comida.

-¿No los conocéis? -insistió Galgalath.
-No, señor -respondió otro pastor-, pero nos da pena que estén pasando frío y hambre con esa criatura recién nacida.

No tenían necesidad, pero los Magos pidieron a Yosefyah permiso para acercarse al niño y no les fue negado. Mariam, que era dulce de naturaleza, les sonrió amablemente. El niño estaba en su regazo, dormido como si descansara en el lugar más cómodo del mundo. Su fragilidad y su diminuto tamaño los conmovió. En la mirada que la madre le dirigía intuyeron, nuevamente, la fuerza de las palabras de Yosefyah. Súbitamente los invadió la Eternidad, y entre todo lo que les fue revelado, se supieron actores de un teatro que los superaba. Entonces sucedió lo que registran las leyendas y las imágenes antiguas, y es que los tres Magos, sin poder resistirlo, se postraron y ensayaron una reverencia.

-Este niño -dijo Magalath- no es como los otros humanos, al igual que Yosefyah y tú. Hace un instante, hubiéramos arrasado el establo, y con él, a vosotros. Ahora, una fuerza mayor que la nuestra nos lo impide, una fuerza que sin duda es el Secreto y la Sabiduría que llevamos buscando desde el principio de los tiempos. Intuyo que nada hay, en la compleja trama que empiezo a entrever, que podamos hacer por vosotros. Pero tenéis nuestra palabra de que cada año, cuando llegue nuestro momento, os protegeremos de los hombres perversos.

-¡Gracias, muchas gracias! -exclamó Mariam- Pero sabed que llegará un día en que no podréis ayudar a Yeshua. Ni siquiera yo, que lo he llevado en mis entrañas, puedo hacer nada para evitarlo.

Las palabras de la joven arrastraban todo el dolor y la amargura del mundo, pero ella, que hablaba sin saber del todo, aún era capaz de sonreír mientras miraba a su pequeño.

Los Magos salieron del establo y miraron al cielo, apreciando con ojos nuevos la vastedad cósmica, que por primera vez tenía un significado completo. Con un breve gesto de la mano, Serakin hizo aparecer una casa donde antes sólo había tierra, piedras y matorrales. El asombro fue tal entre los que allí estaban, que sólo quedó el silencio. Los Magos, entonces, entregaron a Yosefyah tres regalos, cuya naturaleza es desconocida y que con el tiempo han tomado múltiples formas e interpretaciones. Infinitamente agradecidos, Yosefyah y Mariam se despidieron de los Magos, que pusieron rumbo a su origen incierto. Antes de retirarse por completo, se detuvieron en Yerushalaim para confundir a Hordos y evitar que diera con Yeshua. La ruindad del rey era la misma, pero también su existencia era necesaria, lo cual le salvó la vida por segunda vez.

La tradición cuenta que desde entonces, en conmemoración de ese día, los niños humanos reciben regalos de los tres Reyes Magos la quinta noche del primer mes de cada año. Muchos descreen de estas historias porque la edad ha aniquilado sus ilusiones. Pero algunos saben que entre todos los demás, como entre las estrellas del firmamento, siempre hay un regalo que nadie ha comprado. Un regalo cuyo significado, más allá de las infinitas formas que puede adoptar, habla de una remota noche en la que el amor inquebrantable vino a salvarnos para siempre.


5 comentarios:

Rudy Spillman dijo...

El mejor regalo que he recibido en mucho tiempo.
Bienvenido de regreso a casa, querido Eduardo.
Rudy

Juan Carlos dijo...

Desde luego sabes volver a casa por Navidad Eduardo.

Tu relato me parece buenísimo. No había leído una versión tan interesante, original y emocionante de los Reyes Magos desde hace mucho tiempo.

Muchas gracias por compartirla con Escritores Club y bienvenido de vuelta.

Octavio Ponzanelli Ruiz the black charro dijo...

Hace años mi bisabuelo paterno, Adolfo Ponzanelli, nos contó, a mis hermanos, a mis primos y a mi, una versión muy distinta a la que acabo de leer. Siendo niño, aquel relato me pareció fascinante y de hecho me encargué de transmitírselos a mis hijos.
Esta versión me ha cautivado, tanto, que si tengo la oportunidad de conocer a mis nietos, será esta la que escuchen de mis labios.
Simplemente extraordinaria

Eduardo Martos Gómez dijo...

Amigos, muchísimas gracias por haber leído el cuento y por vuestras opiniones. Me alegra enormemente que el cuento haya gustado tanto.

Si cumples ese hermoso deseo, amigo Octavio, habrás hecho este cuento, en cierto modo, inmortal.

Un abrazo.

julie dijo...

MUY BUENO...NO NECESIO PONER MAS PALABRAS