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sábado, 31 de enero de 2009

La línea roja

Un relato verídico sobre cómo dejar de fumar

La lucha entablada entre el individuo y el cigarrillo no tiene tregua. Los que no fuman se quejan de estar haciéndolo en cierto modo involuntariamente al aspirar parte del humo provocado por los fumadores. Los propios fumadores, una y otra vez intentan todo tipo de métodos y técnicas ofrecidas en el mercado, para lograr dejar el vicio definitivamente. Pero en la mayoría de los casos lo único que dejan es su dinero a la empresa o comercio que les ofreció el método. El sistema es similar al que se aplica con las dietas para adelgazar. De la misma manera que para disminuir de peso es necesario consumir una cantidad de calorías diaria inferior a la que se gasta o quema haciendo hincapié en una dieta balanceada para ofrecer al organismo lo necesario y que éste no enferme, así, el fumador que desee dejar el vicio no tiene más que dejar de encender cigarrillos. En ambos casos, las palabras clave son tres: fuerza de voluntad. No voy a negar que existe gente que asegura haber dejado el vicio o en su caso, reducido de peso, sin necesidad de aplicar la voluntad sino utilizando alguna otra técnica exitosa. Pero estos casos son reducidos en su número y no adaptables a las necesidades de todas las personas. Por otro lado, son tantos los métodos-trampa ofrecidos en el mercado que la misión de encontrar la técnica exitosa que no esté basada en engaños se tornaría casi imposible. El secreto quizás estribe en el método al que echaremos mano para poder lograr la utilización de nuestra "fuerza de voluntad" de manera que la tarea no se haga tan tediosa y a la vez nos proporcione resultados permanentes.

La experiencia vivida por una de mis hijas es testimonio fiel de que se puede y una fehaciente prueba de que es posible terminar definitivamente con el tabú de: "quiero pero no puedo".

Tengo 4 hijas con las que, para bien o para mal, he venido charlando largo durante sus vidas. Digo "para bien o para mal" porque en cada etapa he intentado enseñarles y aconsejarles lo mejor que pude. Me alegro por mis aciertos y sin sentimiento de culpa, lamento mis errores, que por supuesto ha habido, pues es imposible ser padre y no cometerlos. A ello agregaré que al tratarse de un padre un tanto posesivo, he intentado sortearles los caminos evitándoles sufrimientos. De esta manera les he impedido en cierto modo, vivir sus propias experiencias, tropezar, levantarse y continuar. Éste es un error elemental en la educación de los hijos, pero en cuanto lo advertí intenté ir cambiando mi conducta.

En relación al vicio de fumar, y debido a que fui un fumador empedernido desde los doce hasta los dieciocho años de edad, los consejos dados a mis hijas fueron contundentes y terminantes. Todas fueron de a poco conociendo los enormes e irreversibles estragos que el fumar produce en la salud, no sólo desencadenando tarde o temprano la muerte del fumador, sino, y lo que es peor, causando en la mayoría de los casos, sufrimientos y agonías indescriptibles y que eliminan por completo una calidad de vida mínima aceptable para el paciente.

Yo creo que encontré una forma práctica y eficaz de prevenirlas contra el flagelo de ese vicio, de manera que las atemorizara el solo hecho de pensar en "probar tan siquiera una bocanada". Hay muchas cosas en la vida que es necesario probar para poder determinar si uno las adoptará o no. Son todas aquellas cosas que después de probadas uno se asegura el poder mantener su auténtico sentido de autodeterminación si es que decide no continuar. Entonces les expliqué que la casi totalidad de los fumadores desean con desesperación dejar de fumar y no pueden. Cuando prueban por primera vez, ello consiste en una prueba, convencidos de que si así lo desean podrán interrumpir, y generalmente influidos por un grupo social dedicado a la práctica de fumar. Puede ser en la escuela, la oficina, el servicio militar, un grupo de amistades, etc. Y finalmente agregué algo así como: "si ustedes han decidido que no van a querer ser fumadoras porque saben lo nocivo que resulta para la salud, entonces ni se acerquen a él, sientan temor antes de la primer pitada, porque luego es probable que ni siquiera sintiendo un temor mayor, logren abandonar el vicioEs lo que le pasa a toda la gente. Yo se los estoy contando antes. Por nada del mundoacepten pasar la línea roja que las introduzca en el vicio. Por ninguna razón. Antes puedentodos, porque el vicio aún no está. Después sólo muy pocos de los que quieren logran volver a su condición de no fumadores".

Pasaron muchos años y parece que de algo sirvieron mis palabras, pues de las cuatro, sólo una atravesó aquella línea roja. Ya era mayor de edad, no estaba obligada a pedirme permiso. Hacía ya varios meses que fumaba. Un día vino a verme, y llorando me dijo: ¡Vos nos avisaste, Papá! Le sonreí, la acaricié, le dije que ya era grande y que tenía derecho a tomar sus decisiones sin necesidad de disculparse. Los consejos siempre se dan para ser tomados o dejados. En algún momento y por algún motivo mi hija había decidido no escucharlos. De todas maneras ella sabía que estábamos juntos para emprender la lucha si deseaba abandonar.

El tiempo pasó y luego de siete años, mi hija fumaba bastante más que en un principio y había fumado durante todo ese período de forma ininterrumpida.

Hace unos meses debió atravesar una pequeña intervención quirúrgica que nada tuvo que ver con su vicio pero que de todos modos incluyó preparativos previos, anestesia general, convalecencia, descanso y finalmente su recuperación total. Todo el proceso llevó aproximadamente diez días durante los cuales por obvias razones debió abandonar momentáneamente el cigarrillo. Ella ya sabía que el fumar no sólo daña los pulmones. Sus sustancias tóxicas, al viajar de forma continua por el torrente sanguíneo se instalan y dañan aún más, los lugares del organismo que se encuentran débiles, enfermos o desprotegidos.

En la sala de espera de ingreso al quirófano esperábamos y en algún momento comentamos con mi esposa sobre la posibilidad de que nuestra hija aprovechara esa oportunidad eventual que se le había presentado y decidiera continuar de manera permanente su abstinencia del cigarrillo. Pero de inmediato fuimos conscientes de que nuestras expectativas eran muy elevadas y debíamos conformarnos con que saliera todo bien en la sala de operaciones. Por otro lado y en relación con el vicio de fumar resultaba difícil insinuarle algo pues apareceríamos cargoseándola aunque nuestra sugerencia fuese hecha una sola vez. Y es lógico, ella ya sabía lo que nosotros pensábamos al respecto entonces, psicológicamente era como volvérselo a decir.

Sólo después de casi dos semanas de la intervención quirúrgica me enteré que continuaba sin fumar. Con cierta timidez y resquemor, como quien todavía no está seguro de que la situación pudiera perdurar y sintiendo que el comentarlo sellaría un contrato de por vida que luego no pudiera cumplir, mirándome de reojo me sonrió... sin hablar. Fue mi esposa la que me dio la buena noticia frente a ella. Había estado en su apartamento y olido sus ropas, pudiendo comprobar que ese característico olor del fumador, que se impregna en sus pertenencias había desaparecido. Es decir, no fue mi hija la que nos dio la noticia. Ella sólo asintió.

Transcurrió el tiempo y a este magnífico logro se le agregó otro que colaboró a que la situación fuese aún más extraordinaria de lo que ya había sido. En vez de aumentar de peso, de manera simultánea con el logro de la abstinencia y aunque eran muy pocos los kilos que llevaba de más, comenzó también a adelgazar, cuando es sabido que quien deja el cigarrillo deberá lidiar con un aumento de peso simultáneo y que a veces llega a ser elevado y permanente. Lo que se traduce a veces y sin entrar a valorar los daños, en un cambio de vicios.

Pasaron unos días y quise charlar con mi hija, costumbre que nunca del todo dejé aunque debo reconocer que hoy, siendo ya todas adultas, con sus vidas y ocupaciones, no me resulta tan fácil encontrar el escenario adecuado y natural para el desarrollo de una charla con ellas. Excepto que ésta se haga necesaria. Entiendo que en la oportunidad, para ambos, lo fue.

Me llamó mucho la atención, después de siete años de vicio ininterrumpido y sabiendo que en el mejor de los casos los que logran ponerle fin lo hacen en forma gradual, siendo esto también lo recomendado para los grandes fumadores, que mi hija hubiese logrado de pronto un éxito tan rotundo e inmediato y además, bajar de peso de manera equilibrada. Quise saber y ella me contó.

Me dijo que todo comenzó con una prueba. El día que fue liberada del hospital, llegó a su casa y en la noche, cuando se disponía a ver una serie televisiva fue presa del primer impulso fuerte por encender un cigarrillo. Preparó el atado que se encontraba casi repleto, a su lado el encendedor y se dijo a sí misma:

"Si llego a un punto en que no puedo reprimirme más, aquí los tengo, podré echarles mano".

Este pensamiento la dejó tranquila, relajándola. Sabía que en última instancia nada le impediría encender su cigarrillo. Entonces decidió aguantar y encenderlo a la mañana siguiente. Pero fue una pequeña trampa que ella se colocó a sí misma, es decir, a su mente. Sabía que en las mañanas le era mucho más fácil no fumar. El deseo no era tan fuerte. Podría esperar hasta la noche siguiente, ocupando el día en distraerse con otras actividades. En la noche se enfrentaría a un nuevo y fuerte impulso. Pero no se hacía problema, pues estaba dispuesta a encender su cigarrillo si fuese necesario. De todas maneras había ganado un día más sin fumar.

Llegó la siguiente noche y volvió a acomodar frente a ella los cigarrillos y el encendedor. Así es como cada noche, dispuesta a terminar con su abstinencia y recomenzar con el vicio encontraba un motivo, acompañado de fuerzas suficientes, para demorarlo "un día más".

Con el paso de los días y una vez repuesta de manera tal que pudiera encarar una actividad física, comenzó a asistir a un gimnasio donde encontraba sofoco a la mayor parte de la horas diarias en que el organismo le pedía fumar. Permanecía haciendo todo tipo de gimnasias controladas, entre 2 a 4 horas diarias, hasta que empezó a sentir la necesidad imperiosa de realizar los ejercicios físicos que había empezado sólo con la intención de matar el tiempo. Había logrado cambiar una mala adicción por otra, buena. Además, adelgazaba en vez de engordar.

Éste fue el secreto para ella, según me contó: saber que cada noche o en cada uno de los momentos que se le hiciera muy difícil resistir, podría volver a fumar. Esto le otorgaba nuevas fuerzas renovadas cada vez, al saber que no necesitaba decidir no volver a fumar nunca más. Algo que en su caso hubiese ejercido tal presión que le hubiese impedido continuar con su abstinencia. Y así pasaron sus días y sus noches prometiéndose a sí misma que de ser necesario no dudaría en encender un cigarrillo.

Pero a medida que el tiempo transcurría, se alejaba cada vez más de la necesidad, primero fisiológica y luego, psicológica, que aún persistía.

En algún momento y sin que ella lo advirtiera, se produjo un "switch"(cambio) en su mente. Fue cuando soñó que encendía un cigarrillo y empezaba a fumar de nuevo. Despertó sobresaltada y angustiada hasta que pudo comprobar que había tenido una "pesadilla" y se tranquilizó. El cambio mental se había operado. Si hasta ese momento había rechazado su alejamiento del cigarrillo, a partir de ahora lo que rechazaba era su acercamiento. Buen síntoma, que sintiera temor aun antes de dar la primer bocanada. Lo que yo había infructuosamente intentado enseñarle de pequeña. Ahora el camino lo había recorrido por sus propios medios. El éxito estaba asegurado.

El relato que acabo de contar es verídico y es el deseo de mi propia hija compartirlo con los lectores, la que me ha manifestado su satisfacción de poder ayudar a tanta gente que quiere y todavía cree que no se puede.

Sólo me queda agregar que no necesariamente todo fumador con intenciones de abandonar el vicio deba encontrar la solución en un desarrollo preciso y exacto del proceso de actividades llevado a cabo por mi hija. De hecho, su experiencia y enseñanza nos deja en claro que es a nuestra propia mente a quien debemos preguntar la manera ideal de aplicar nuestra fuerza de voluntad, teniendo en cuenta nuestras fortalezas, debilidades, capacidades y necesidades para que la tarea no nos resulte tan tediosa y podamos arribar a un buen final.

Rudy Spillman

LIBRO ABIERTO

3 comentarios:

Antonio Castro dijo...

Una de las cosas que cuesta más entender de este tipo de adicción es el hecho de que a la dependencia física de la nicotina se suma una poderosísima dependencia psicológica, que hace recaer incluso después de muchos años. Mi padre decía que dejar de fumar era muy fácil y que él lo había conseguido montones de veces. A la menor ansiedad nerviosismo o necesidad de concentración el cigarrillo reaparece y se ofrece, sobre todo cuando a esas sensaciones se suma el olor a tabaco de alguien que fuma. Tengo 54 años, y hace cosa de un año mi hermana me hizo holer una flor sin advertirme absolutamente nada. Tenía una sonrisa en su rostro así que olí aquella flor, e inmediatamente me vi transportado a Tanger en la época en que yo tenía unos seis años. Se lo dije y me confirmó que a ella le pasó lo mismo. Eran claveles chinos y su olor es muy especial. El olfato posee una poderosa capacidad para evocar recuerdos y sensaciones. Un fumador no está a salvo de recaer en el tabaco aunque pasen decenas de años y sospecho que tiene mucho que ver con la capacidad del olfato para evocar recuerdos.

Rudy Spillman dijo...

Es verdad todo lo que dices, Antonio. La dependencia psicológica suele perdurar mucho tiempo después que la necesidad fisiológica ha desaparecido. Por ello es que a partir de allí dependa del trabajo mental que decida realizar cada uno hasta lograr el "switch" que lo alejará en forma definitiva del vicio. Es exacto tu ejemplo sobre los olores. A mí me ha ocurrido con el de los árboles de eucaliptus y otros que me remontaban a mi lejana niñez. Lo que ocurre es que éstos pueden funcionar a veces como estímulo y otras como rechazo, incluso produciendo repulsión. Es lo que me ha ocurrido a mí, fumador empedernido hasta los 18 años y no habiendo vuelto a fumar hasta los 59 que estoy cerca de cumplir. Y te puedo asegurar que los traumas y situaciones más "estresantes" en mi vida las he padecido durante este período de abstinencia. En la vida existen todo tipo de casos, ejemplos y situaciones. Todo dependerá de cada individuo. Esperemos que haya cada vez más personas que puedan adoptar el mío pudiendo así alejarse de la posibilidad de que les suceda lo que también con tanta certeza tu comentas. Agradezco tu participación en el tema.
Un saludo.
Rudy

Juan Carlos dijo...

Yo no he sido nunca fumador, pero hay un comportamiento que he observado en algunos fumadores que me resulta muy peculiar.

Me he dado cuenta que, cuando una persona consigue dejar de fumar, hay otros fumadores de su entorno que, aunque oficialmente se alegran de su logro, lo cierto es que parecen envidiar e incluso perseguir con cierta malevolencia una recaída del exadicto.

Sus maneras de actuar son siempre sutiles; fuman a su lado, comentan con indiferencia su falta de interés en abandonar el tabaco o la facilidad de recaer aunque se pase mucho tiempo sin fumar, y un sinfín más de pequeños detalles, que parecen tener como objetivo minar la voluntad del exfumador.

Son comportamientos casi inconscientes de muchos fumadores que parecen envidiar a quienes son capaces de abandonar la jaula en la que ellos se hayan metidos.

El tema del tabaco y de otras adiciones similares es realmente complicado de abordar porque afecta a la más delicado de la personalidad que es la libertad y la voluntad. Por eso cada vez que oigo a alguien realizando una defensa de la libertad del fumador, ofendido con las leyes antitabaco, no sé si habla él o habla el propio tabaco, que modifica de forma tan sutiles y capciosas la personlaidad de los fumadores.

Un saludo,
Juan Carlos