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Esperamos que encontréis aquí respuestas a algunas de vuestras inquietudes y también un momento de esparcimiento, acompañados de la mejor literatura.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Ella

Es como mirar y dejar que el aire se quede inmóvil a su alrededor. Hace que la atmósfera adquiera tintes de locura, impensables fuera de ella. Pero de una locura lúcida. Te invita a la ausencia. Y te dejas ir. Miras y te deleitas. Observas. La sinuosidad de las formas con que dibuja el cuerpo, tumbado, como a descompás. Sugerente, invitador, atrayente. Desde el imperio de unas piernas infinitas, moldeadas como a cincel, etéreas, marmóreas en su color y tersura, en una ángulo de cuarenta y cinco grados; la izquierda ligeramente sobre la otra, y ambas dirigidas hacia la derecha. Las caderas, terminándolas, y en su centro el Monte de Venus. Espesura que invita. Color de la tierra. Tenues sugerencias de lo que parece. Promesas. Lentitudes. Altares. Todo lo inmanente en él. La cara y la cruz. El principio y el fin. El alfa y la omega. La vida. El origen de la vida. De toda vida. De mi vida. La fascinación que asciende a base de una cintura que se cierra en torno a la unión, al centro, al eje alrededor del cual gira el cuerpo que eleva, mi centro gravitacional, el hecho sobre el cual hace que todo nazca y todo muera. Centro de centros. Y en su plano los senos. Hermosos. Suaves y esbeltos. Blancos y con un ligero color de ocre en su centro. Brillantes. Excelsos. Abiertos. Y la mirada sigue deslizándose, hacia el rostro, en un tobogán infinito que no acaba nunca. Que se detiene en el continuo repique antes del cuello. Eterno. Y ahí el mármol se hace pétreo. Locura de siglos. Círculo de espirales sin fin. Sin principio ni final, sin origen ni destino, sin ida ni retorno. El lugar donde quedarse. El lugar de todo comienzo. La locura perfecta. Pedestal de un óvalo clásico. Italiano. De puntales marrones que te observan con hondura, que te mutilan. Que hieren de tanto que entran. Que queman. Que destrozan. Ojos antiguos. Ojos serenos. Ojos. Y sobre el blanco de las sábanas, a modo de corona, negro el pelo. Desparramado. Azabache sobre satén. Negro sobre tonos de blanco.Todo lo que la mirada bebe no es sino el espejo de mi vida. La luz. Mi alma reflejada. El alma. Todas las almas. El lugar donde quiero vivir. El lugar donde quiero morir. El sitio. Mi hogar. Ella.
Diego Jurado Lara
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4 comentarios:

Rudy Spillman dijo...

¡Qué hermoso, Diego!
Veo que lentamente nos vamos alejando de la muerte, o matizando con ella.
Pienso que si hay alguien por allí que se dé por aludida, lo estará pasando muy bien luego de leer tu texto.
Un abrazo.
Rudy

Diego Jurado Lara dijo...

Gracias Rudy. No es que me aleje, es que va a golpes, a ratos. No sé. Sí, quizás con matices.
Y es para ella, la Mujer. No creo que haya nada más extraordinario en este mundo que Ella.
Un abrazo.
Diego

Octavio Ponzanelli Ruiz dijo...

Después de leer publicaciones como esta que realmente me dejan extasiado, lo único que puedo preguntarme es: ¿Qué hago aquí?
La respuesta que encontré es maravillosa: disfruto muchísimo leyendo, me transportan a un mundo de paz donde vivo solo, donde nadie puede distraerme, paro sobre todo, lo mejor que hago aquí es aprender de todos ustedes.
No se que palabra usar para calificar esto, quizás exquisito no sea la adecuada, pero se acerca mucho.

Un abrazo

Diego Jurado Lara dijo...

Hola Octavio.
Muchas gracias por tus palabras, aun excesivas. Preciosas. Pero inmerecidas. Me alegro, de cualquier forma, de que te guste.
Un saludo