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martes, 15 de enero de 2008

El cuento apócrifo

In Memoriam Enrique Timón

Nuestra primera conversación versó del sentido del ser humano en el Universo. La última, de un cuento previsiblemente apócrifo (así lo juzgué entonces) que hallé entre mis documentos.

Había charlado con él unos meses atrás. La noticia de su muerte me trajo recuerdos de otras personas que nada tenían que ver con él. A esas alturas ya casi no lo recordaba. Tuve que acudir a su blog, ahora silencioso templo de su inteligencia, para detallar con cuidado las líneas de su rostro, su mirada impenetrable, el vago resplandor de su sonrisa.

No me sorprendió el tumulto que provocó su brusca desaparición. No en vano era el responsable de un importante movimiento literario, y sobre todo, el autor del primer libro de una trilogía fantástica cuyo desenlace ya no conoceremos. Yo mismo sentí profundamente su marcha, a pesar de que apenas nos conocíamos.

Es curioso que nunca llegara a escuchar su voz. Nuestros encuentros tuvieron lugar en la red, donde todo parece suceder fuera del tiempo. Sin embargo, hay algo en sus textos que me incitan a leerlo con una voz firme, decidida y clara, que es como me imagino la suya.

Lo conocí indirectamente a través del blog del grupo literario al que pertenezco. Sus ideas me interesaron rápidamente. No tardé en escribirle un correo-e al que siguió su respuesta, y tras ella, un centenar de mensajes donde se ramificaban nuestras distintas visiones de la existencia. Su estilo, creo, era más conciso y directo que el mío, cuyo prosaísmo suele restarle agilidad a mis exposiciones. Más de una vez corrí el riesgo de que me convenciera. No se me interprete mal: la exigencia de su pensamiento en fractal era excesiva para mí.

Tras ese primer contacto se hizo el silencio, que duró hasta hace una semana. Ordenando mi escritorio me topé con algunos folios manuscritos que no podían ser míos por la caligrafía y por el hecho tajante de que nunca escribo a mano. Aparentemente era un relato fantástico, ambientado en un mundo que no tardó en recordarme lo poco que había leído del primer volumen de la trilogía inconclusa. El argumento era cerrado, pero las referencias a personajes y lugares no presentados respondía a una obra de mayores dimensiones. Inmediatamente pensé en un chiste macabro, idea que dejó paso a la de un imitador. No logré averiguar cómo había llegado a mi escritorio.

Cuando lo releí, por la noche, me pareció ligeramente distinto. Daba la sensación de que el protagonista, que antes aparecía como un ser ajeno a nuestra civilización y a nuestros hábitos, era más cercano. Su ropa no era tan extraña, y algunos vocablos ficticios que estaba seguro de haber escuchado de sus labios, se habían caído del texto. El relato había mutado de alguna manera, o acaso mi memoria me estaba traicionando. En tales cavilaciones estaba cuando me derribó un sueño sin sueños. A la mañana siguiente no tuve tiempo de volver a las breves páginas cambiantes, y el día, que fue agotador, me llevó de unas cosas a otras, dejando de lado una nueva lectura que se me hacía cada vez más necesaria.

Pasaron varios días hasta que volví a tener el relato entre mis manos. Me introduje en su mundo bruscamente. A veces uno se pierde y no intenta regresar ni se pregunta cómo ha llegado hasta esa calle o ese páramo desconocido, sino que sigue adentrándose en la incertidumbre, en busca, quizá, de alguna respuesta. Yo lo buscaba a él, que ya no estaba donde lo había visto la última vez. Pregunté a los aldeanos y me dijeron que años atrás había pasado por allí un hombre misterioso de ropajes tan extraños como los míos. Un hombre con una mirada sagaz que también buscaba algo. Se perdió en la espesura del Bosque Antiguo. Los paisajes, las personas, el ambiente, las huellas del ganado en la tierra húmeda, no habían cambiado. Tan sólo el protagonista tenía el poder de moverse, modificar su aspecto, desaparecer. Creo que seguí su rastro durante largas jornadas a pie, interrumpidas por las peligrosas noches en un bosque desconocido y hostil. Lo encontré un día casi atardecido.

Estaba sentado en un claro. Me daba la espalda. Vestía una camisa blanca, un pantalón vaquero y unos zapatos marrones. Me resultaba difícil imaginar a un personaje como él en ese mundo, en esas circunstancias.

-¿Has venido desde tan lejos para encontrarme? -me preguntó sin volverse.
-Todo cambiaba salvo tú. Eso me incitó a seguirte -le respondí sin saber si era cierto.
-Gracias. Últimamente no he gozado de mucha compañía -dijo mientras se volvía.

En otro momento me habría sorprendido ver a la persona con la que había compartido tantos desvelos existencialistas, la persona cuyo rostro sólo había visto en un blog. Parecía cansado y lacónico. Su voz le hacía justicia.

-¿Cómo hemos llegado hasta aquí? -le pregunté, intentando aparentar normalidad.
-Caminando, creo -se burló-. Me extraña que un escritor no sea capaz de aceptar un hecho fantástico. O mejor dicho, una intromisión de la realidad en la fantasía.

Era inútil intentar que me explicara la situación.

-Me dijeron que estabas buscando algo -comenté.

Su expresión cambió a un gesto que no podría definir como alegría, pero que sin duda no era tristeza.

-¡Así que por fin has llegado! -exclamó. No supe qué responder-. Otros han llegado antes que tú -me reveló-. También estaban perdidos, pero al final encontraron el camino de regreso. En cambio, ellos se fueron con las manos vacías.
-¿"En cambio"? -repetí- ¿Acaso yo me llevaré algo de este mundo fantástico, la flor de Coleridge?
-No -dijo secamente-. Te llevarás algo de aquí, pero no será una prueba. Mira.

Sacó unos papeles idénticos a los que había encontrado en mi escritorio unos días antes.

-Los reconozco -le indiqué no sin cierta vanidad.
-Lo sé -contestó-, yo te los di. Pero claro, ya no te acuerdas; sólo yo puedo recordar.
-No, esos papeles, o más bien unos como ésos, aparecieron el otro día entre mis documentos -le corregí.
-Tú mismo los dejaste allí. Es decir, los dejarás allí. Todavía no ha sucedido.

Sintió que no había entendido algo que para él era totalmente normal.

-Esto es similar a un relato -comenzó pausadamente-, los hechos no tienen por qué acontecer de forma lineal. Tú recuerdas haber leído esos papeles pero no el momento en que te los di porque el orden cronológico ha sido alterado.

-En cualquier caso, ahora no puedo saberlo -le dije.

Asintió.

-¿Eres su autor? -le pregunté.
-Eso pretenden sus páginas -respondió.
-Si el manuscrito es tuyo y es lo que vendrá conmigo, será una prueba de que he estado aquí -observé.
-Es inútil -replicó-, será considerado apócrifo.
-¿Cómo lo sabes? -pregunté.
-Porque es posterior a mi muerte.
-Podría ser inédito -argüí.
-También porque obra en tu poder.
-Me lo habrías enviado antes de morir -insistí.
-La razón más importante, sin embargo, es que lo has escrito tú -dijo mientras me mostraba los papeles en blanco.

Empecé a sospechar una perversa planificación, corroborada por su escaso asombro ante mi llegada.

-¡Entonces estoy siendo dirigido por ti! -exclamé- No soy más que una marioneta.
-¿Te ha obligado alguien a venir hasta aquí? -me preguntó.
-No, que yo sepa -le dije.
-Tampoco te verás obligado a escribir el cuento ni a dejarlo entre tus papeles para que puedas encontrarlo por casualidad -me dijo. A continuación me preguntó-: ¿Recuerdas nuestra primera conversación?
-El hombre en el Universo -respondí, algo aliviado por el tono más que por su afirmación.
-Exacto. Reflexioné mucho sobre esa idea. Cuando llegué aquí no había nada, apenas un lejano resplandor que se encendía y se apagaba constantemente; el resto era una llanura en la oscuridad -se detuvo y miró alrededor-. Con el tiempo aprendí que ese resplandor era la necesaria imitación del sol que mi mente había perpetrado con torpeza. Mis primeras creaciones fueron fallidas; se desvanecían, morían, se transformaban sin cesar retorciendo sus cuerpos grotescos. Me costó años crear el primer árbol, que todavía perdura en alguna parte de este bosque. Fue muy arduo, pero llegué a entender realmente al árbol como un ser complejo hecho de otros seres. Tuve miedo del poder que me había sido dado y muchas veces intenté aniquilarme, pero fue inútil: yo soy lo único indeleznable aquí.
-¿Este mundo es obra tuya? -pregunté, abrumado por su narración.
-Sí -dijo sin mirarme.

Desde que aquel borrador apareció en mi mesa, había aceptado demasiados hechos inexplicables. La creación de un mundo completo, tangible y fascinante, sin embargo, requería una fe, o al menos una convicción, de las que yo carecía. Por eso me invadió el terror hacia su creación inexpugnable. Había anochecido, pero sin dificultad generó una hoguera.

-Escribir un libro es difícil -prosiguió-, pero cualquiera puede hacerlo si tiene paciencia; crear un mundo requiere destrezas que aún no sé si poseo. Mucho después del árbol surgió un hombre que se fue tras reprocharme el haberlo traído; venía de otro mundo que para mí constituye un misterio. El anciano llegó una noche hueca y poblada de sonidos distantes. Le ofrecí asiento y algo de comida. Recuerdo lo que me dijo, pero no sus palabras. Habló de la irrelevancia del yo en favor de la suprema importancia de lo que se crea. Me hizo ver que yo perdía tanta importancia en relación a él como la que él perdía en relación a la enseñanza que me estaba transmitiendo. Gracias a sus sencillas explicaciones, entendí que hay una sola cosa importante en el Universo, y no es la conciencia, ni los demás, ni las energías conocidas y ocultas, ni la respuesta a todas las preguntas, sino el mensaje que trasciende más allá de todo. Más allá del conocimiento, de las civilizaciones, de las eras infinitas. El anciano, una de mis creaciones, fue quien me dio la clave de nuestra discusión. El creador superado por su obra, y ésta, a su vez, superada por su propio discurso.

Me tendió las hojas y un bolígrafo, y me dijo:

-Si has entendido el mensaje, si eres tú el que debía llegar, escribirás el cuento que debes llevarte a tu regreso.

Mientras escuchaba, no había notado el cambio que se estaba operando en mi mente. Por primera vez calibré la magnitud de sus palabras, que resonaron en mis oídos como el mar entrando furiosamente en las cuevas de un acantilado. Se me antojaron palpables y vivas. Me detuve en cada una de ellas y aprecié las variaciones que aportaban al conjunto. Su última frase era una sola palabra impresionante, tras la cual, de golpe, recibí el cuento. Poseí cada palabra, cada matiz, cada intención frustrada. Fui el autor del cuento, que ya importaba más que yo mismo. Sin decir una palabra me senté en el suelo y lo escribí.

-A tu regreso -dijo cuando hube terminado-, este cuento cumplirá su destino, que ya nada tiene que ver con el mío. Sus palabras prefiguran una saga, que como todas, será anónima. Otros, como yo al principio, poblarán este mundo y lo modificarán sin cesar: se enriquecerá, se marchitará, caerá en el olvido y resurgirá. Vastos ciclos barrerán los anteriores. Ignoro si permaneceré o si también me disolveré en las lentas eternidades, pero ahora comprendes que eso no tiene importancia. Debes irte.

Seguí la dirección de su mano, que señalaba un sendero a mi espalda. Cuando me volví para despedirme, ya no estaba. Sólo quedó el bosque, y en él, un manuscrito y un hombre. Regresé por el camino nebuloso, creo que vi el primer árbol, apartado y solemne y terrible, y desperté en mi habitación con los primeros rayos de un sol que parecía rudimentario por la persiana bajada. Impacientemente busqué en mi escritorio. Allí estaba el cuento. Reconocí mi caligrafía alterada, las variaciones de mi nuevo estilo, la trama. Pensé que todo había sido un sueño; el efecto del relato probablemente había propiciado aquella fantasía. Por tercera vez lo releí, seguro de encontrar cada palabra en el mismo lugar que la noche anterior, seguro de que un relato no podía ser más importante que una persona. Todo estaba donde debía.

Todo menos él, que había desaparecido del cuento.

4 comentarios:

Rudy Spillman dijo...

¡¡¡Intachable!!! ¡¡¡Magnífico!!!
El mejor homenaje que se le podría haber hecho a nuestro amigo.
Me hace sentir que todavía se encuentra entre nosotros.
Gracias.
Rudy

victor g.perez dijo...

La verdad que me ha parecido muy bueno. Enhorabuena!
A ver cuando soy yo capaz de algo así :)
Saludos!

Juan Carlos dijo...

Un excelente homenaje y un relato simplemente genial. Sólo puedo como Rudy, agradecerte que lo hayas compartido con nosotros.
Juan Carlos

Eduardo Martos Gómez dijo...

Muchas gracias, amigos, pero sin que parezca falsa modestia, se lo debéis a Enrique. En primer lugar, no habría escrito este relato si no nos hubiera dejado. Probablemente nunca me hubiera inspirado en sus pensamientos de no ser por la noticia fatal.

Me gustaría no haber conocido a un hombre tan interesante como Enrique, porque eso significaría que sigue vivo.

Su cuento, por cierto, ha vuelto a mutar. Lo imagino, silencioso, en el bosque imaginado por él hasta los más nimios detalles, mientras anochece y la oscuridad me impide seguir viéndolo.

Un saludo.