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domingo, 9 de diciembre de 2007

LA INSATISFACCIÓN INSUFRIBLE

El cuento terminado. Mejor así que sólo la segunda parte. Se degusta mejor. Espero.
La insatisfacción insufrible.
Diego Jurado Lara
Hay cosas que en la vida son, y ya sólo por el solo hecho de ser deben vivirse, pero vivirse únicamente como son; de cualquier otra forma ya no serían, dejarían de ser, y por tanto jamás podrían ser vividas, lamentando con ello el hecho de no poderlas vivir.
Una frase, a veces, sólo una frase, te lleva fuera de lo querido, pero también de lo no querido. Aquella frase sin aparente trascendencia, o sí, le condujo donde quería, pero no como quería. Quizás porque no supo o quizás porque no pudo. Sin embargo, lo más probable es que fuese porque no quiso. Las razones, ahora, con el paso que el tiempo da, o el poso que la vida deja, tal vez sean fácil de explicar, pero en aquel momento él y solo él, sabía, aunque únicamente en su interior, muy en el interior de su yo, de su alma, cuáles eran.
“Me gustaba más cómo lo llevabas antes”. Una mirada de complicidad o tal vez de escepticismo negativo se dibujó en el rostro de ella, y no supo o no quiso decidir. Y un ligero rubor.
Amelia era una de esas mujeres que hacían volver la mirada. Desde el primer día que la vio le recordó el rostro y la apostura de aquellas putas venecianas del siglo diecisiete. El pelo rizado, pero no a la manera de las mujeres africanas. Su color más tendente al rojo que al castaño, recogido como en una especie de extraña cola de caballo, grande, ahuecada, permitiendo resaltar el óvalo perfecto de su cara, hermosa hasta la exasperación. Atractiva como hacía años… más por el deseo que casi exigía, que por la frialdad de la belleza que promulgaba casi como un evangelio, o tal vez por ambas cosas. Un deseo atroz, como sólo ciertas mujeres son capaces de despertar en un hombre, le desazonaba el alma cada vez que se transfiguraba ante él. La piel clara, pecosa, donde unos ojos azules, casi grises, brillaban como las estrellas refulgentes del ocaso, atractivos y atrayentes, arrogantes y displicentes; y una boca, promesa de placeres únicamente percibidos o conocidos, pero nunca probados.
El juego de las miradas es destructor para el débil, porque impone el desasosiego interior a la razón como un hierro candente que expandiese el dolor por doquier. La imposición de su presencia, como un dardo clavado, le llevaba a la sumisión, al deseo incontrolado, a la melancolía sin límites, lo que le hundía en su interior haciéndole perder el sentido de la distancia, el sentido de la realidad, de la racionalidad, que le hacía no sentir, no saber.
En invierno, de noche, una cena en grupo. Esquinas opuestas. La visión de su cuerpo arropado como por un murmullo, por un vestido de gasa, negro. Los hombros descubiertos, el nacimiento del busto descubierto. La turgencia apenas entrevista de sus pechos, promesa de una perfección cruel. De nuevo el deseo insatisfecho. Las formas de un cuerpo perfecto apenas envuelto por un tejido que lo moldea, que lo descubre más que cubre. El pelo, ahora suelto, libre pero discreta y aparentemente recogido. La discreción de una pintura no necesaria que realza e insinúa, que dibuja los rasgos de una cara soberbia, de ojos amenazadores por el poder que se sabe imponen, de unos labios sugerentes, presagio de una boca infinita, de una lengua cálida y suave.
Descolocados en la diagonal del espacio, del tiempo y del pensamiento.
¿Llevas tabaco? Es BN. Le hizo un gesto como de asco, pero mostrando con una media sonrisa, o intentándolo, que lo importante no era el tabaco sino la necesidad. Le lanzó un cigarrillo. Él lo golpeó repetidamente contra el mantel de color burdeos que cubría la mesa y le quitó la boquilla. Le pidió fuego a la mujer que se sentaba a su lado, con la que había mantenido un leve pero continuado juego de seducción durante toda la cena. Con ligereza, envolvió la llama ofrecida ahuecando las dos manos en torno a ella, rozando apenas las de su portadora e introduciendo el cigarrillo, suavemente, en aquel óvalo entreabierto, mientras elevaba la mirada hacia arriba, a los ojos de ella, que sonreía con deleite, oferente. Aspiró con fruición el humo y desvió la mirada hacia Amelia. Alzó sus ojos encendidos hacia ella, con timidez y con una cándida y temerosa esperanza, encontrándose con los suyos posados en él, en su acción, en los de él, en él. Sonrió. Él sonrió y fue correspondido. Un ligero escalofrío le recorrió el cuerpo, y el rubor, potenciado por el vino, le cubrió el rostro.
Una noche de champán. Dos tan sólo. Ellos dos. Apartados de los demás, de todo lo demás, por el deseo. Él no quiso más o no quiso a nadie más. Hundido de avidez por la enormidad de la persona que se le entregaba. Nadie existía más allá de ella. Y a partir de ahí solamente unos meses, dos, tres tal vez. Ya ni el tiempo, o sí, pero tampoco importaba, porque el tiempo es inicuo cuando el recuerdo se impone en la soledad del presente. Y en ese tiempo la constancia y la inconstancia sublimaron los hechos, como apóstoles de su esencia vital, destruida por el deseo de ser lo imposible. Mil escritos, como presagios de lo que habría de ser una realidad que fue y que se mantuvo, y que se exaltó en Brujas, mecida en el agua de sus canales, y en París, anestesiada entre la bruma y la llovizna de una marzo gris y acuoso, llegando a su clímax en Roma, la ciudad santa, la ciudad eterna, culminación de los tiempos, pasado, presente y futuro de todo, y de ella, y de él. Roma. En Roma, a solas, con chianti, con champán Cristal, entre las ruinas, entre los humores, sin veleidad alguna. Allí fue, porque no podía ser en ningún otro sitio. Los dos en uno solo. Altura sin límites. La perfección.
Después todo fue declinar. Un suave y lento declinar hacia la nada, hacia la prosternación. Como un sacrificio incompleto que acaba en el desastre presentido, temido por esperado y doloroso por su brutalidad. Fin de todo. Historia que se muere por imposible, porque no dejó ella que fuera, porque no supo él, porque no quiso ella quitarse la máscara veneciana que llevaba puesta desde su nacimiento, por una vida sumida en una melancolía sin límites producto de azares, de decisiones que le hicieron ser como era. Y la desesperación y la muerte se asentaron en el espíritu de él, y todo lo que quería quedó en nada. Por que así había de ser. Porque la vida es lo que es y no lo que queremos que sea, y la vida no es sino un cúmulo de decepciones leves que agrandamos en función de esperanzas insatisfechas, de deseos que van más allá de la realidad, y sublimamos lo que vemos sin darnos cuenta de que la historia, siempre, sólo lleva minúsculas.
Tú es que eres una italiana del Renacimiento, le dijo en la despedida, y no puedes quitarte esa losa, que crees de una belleza inmaculada pero que te hace de mármol, pétrea e inasible. Yo, en cambio, no soy sino un humilde Romántico, con la influencia, a veces grotesca, de Wilde. De ahí tus miserias, de ahí mis miserias.
Cuando se siente el dolor como ajeno es como no sentido, a veces ni tan siquiera oído, como el lejano hedor de una guerra adormecida en lo más profundo de los recuerdos olvidados. Se ve como personas que hace tan sólo un año parecían, ahora se desvanecen, aunque la palabra quizás no sea la correcta, por etérea, se desdibujan tal vez, como un trazo a lápiz diluido por las lágrimas. Se van yendo, perdiendo su yo, desapareciendo como si nada, al margen de todos, porque todos somos meros espectros redundantes en la vida, ánimas desposeídas de ella. Infamias. Y en su pozo, cada vez, el fondo está más cerca, y más oscuro.
Y se va. Y la ve. Y no hace nada. Ajeno. Y la ve. El problema es la muerte que deja, por lo no sentido, por lo no vivido. Es oscuro, como la tumba donde yace mi amigo.
Diego Jurado Lara

3 comentarios:

Rudy Spillman dijo...

Típico relato diegojuradolarista. Transmites todo. Me tomas de las entrañas y me metes dentro. Descripciones siempre dignas de elogio. Ya no me sorprendes, muchacho. Pero dame tregua y déjame terminar de leer "La Travesía del Bosque Imposible."

Diego Jurado Lara dijo...

Ante todo gracias, RudY, por tus palabras. ¿De verdad crees que es típico mío? ¿Ves un estilo en mí? Me abrumas, pero me alientas. Tus palabras son de una hermosura que me produce vértigo. Decía mi abuela que cuando alguien, con la palabra, te hacía sentir dolor en las tripas era porque era de verdad.
Un placer que estés, de verdad.

Rudy Spillman dijo...

Tu abuela tenía razón.
Un abrazo.
Rudy