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Esperamos que encontréis aquí respuestas a algunas de vuestras inquietudes y también un momento de esparcimiento, acompañados de la mejor literatura.

jueves, 29 de noviembre de 2007

El Visitante (1ª parte) - Juan Carlos Boíza López


Quiero empezar hoy un relato homenaje a uno de mis autores favoritos H. P. Lovecraft. Desde mi punto de vista uno de los mejores escritores de terror que nos ha dado la literatura y del que podreis encontrar un amplio reportaje y enlaces a sus mejores obras en mi blog personal.

Aunque normalmente cuando escribo concibo la historia de principio a fin, aunque sólo sea en sus líneas generales, en esta ocasión quiero que sea diferente. Lo único que se ahora mismo se con certeza, es cómo comienza. A partir de aquí, el resto es una incógnita. Espero que con vuestros comentarios me ayudéis a adentrarme en las escalofriantes aventuras que vivió Wortingthon Irvin Winsfeldman en un lugar desconocido de los Cárpatos.

Aquí comienza....

EL VISITANTE (1ª PARTE)


Cerrados, como unas fauces hambrientas sobre la garganta de su víctima, húmedos, como una amante ansiosa en el lecho marital, fríos, como el mármol de una tumba olvidada, oscuros, como el pensamiento de un poeta amargado, y misteriosos, como la mirada de un lobo bajo la luz de la luna. Así eran los bosques que rodeaban la olvidada villa de Horcal en los confines de las escarpadas cordilleras de los Cárpatos. Se decía de estos bosques que la madera talada de sus árboles, que ardía en los hogares del los horcaleños con lentitud agradecida, poseía un aroma ambarino, pegajoso al olfato y, según algunos, similar al de la sangre fresca. Fuera o no verdad, lo cierto es que aquel pueblo escondido entre montañas, accesible sólo por medios rústicos desaparecidos hoy en día en la mayoría de lugares, y olvidado hace tiempo por los mapas modernos, desprendía un extraño olor, que para el visitante menos avezado podría confundirse con el olor a humedad proveniente de madera fresca, pero que para una nariz más entrenada se revelaría como totalmente irreconocible.

Wortingthon Irvin Winsfeldman llegó a aquel lugar una mañana temprano, proveniente de un lugar que el mismo nunca quiso confesar, pero que seguramente no era lejano a una gran ciudad, ya que sus andares refinados y su ropa elegante así parecían demostrarlo. El sol acababa de salir entre las montañas y la niebla aún persistía en algunos lugares, cuando el extranjero apareció andando en la calle principal, con una mochila entre sus hombros de la que sobresalían extraños aparatos totalmente desconocidos para los lugareños. La noticia de su llegada se extendió rápidamente entre los horcaleños y no fueron pocas las cabezas curiosas que se asomaron a sus ventanas para observar al peculiar desconocido.

Wortingthon se paró en medio de la calzada para contemplar el extraño pueblo al que había llegado y que no aparecía en sus mapas cuidadosamente diseñados. Las casas eran de madera muy oscura casi negra, los tejados, a dos aguas, eran increíblemente puntiagudos y estaban recubiertos de un material suave y brillante que no supo identificar. Los habitantes le miraban con curiosidad pero ninguno parecía querer a acercarse a él lo suficiente como para iniciar una conversación, por lo que de momento hubo de conformarse con la información que la cuidadosa observación del lugar le proporcionaba. La configuración del pueblo era tan peculiar como todo lo demás, las casas parecían situadas en extrañas hileras oblicuas entre si, formando seguramente algún tipo de dibujo.

Cuando llegó a lo que parecía el centro de la villa se encontró ante una plaza de curioso aspecto hexagonal. Esperaba encontrar en ella algún edificio a modo de Ayuntamiento, pero si lo había fue incapaz de distinguirlo del resto, pues las casas eran todas idénticas entre si e iguales a las que viese desde que entrase en la villa. En el centro de la plaza había un no menos extraño monumento, o algo que podría considerarse como tal. Se trataba de tres flechas esculpidas en una roca negra pulida parecida al basalto, que apuntaban al cielo, siendo la del centro de mayor altura a las de los lados. A Wortingthon se le antojó como un enorme tridente enterrado del que sólo sobresalía el extremo. Aquel extraño lugar producía un curioso fenómeno, pues parecía que, se mirase en la dirección que se mirase, el paisaje contemplado era siempre el mismo. Hasta tal punto, que Wortingthon probablemente no hubiese sido capaz de saber por qué calle había llegado allí, de no haber sido por el monumento, que facilitaba, no sin esfuerzo, la orientación. Aturdido, escogió la calle, si podía llamársela así, a la que parecía señalar la flecha central y siguió andando por ella, seguro de no perderse y confiado en encontrar en algún lugar alguien con quien conversar.


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Escrito por: Juan Carlos Boíza López
http://www.jcboiza.com/
http://rincondelaimaginacion.blogspot.com/

1 comentario:

Rudy Spillman dijo...

Juan Carlos:

Me agrada el tema. Las descripciones, amén de estar embuidas de una literatura que acaricia los oídos aun sin escuchar nada, logran transportarte al lugar de los hechos. La trama despierta curiosidad.
Veremos que sucede en los capítulos por venir.
Un saludo y éxito en tus futuras inspiraciones.