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viernes, 4 de diciembre de 2009

Petrificantes




Erosionan variaciones sobre quietudes desolando inquietamente. Cada aspa las derruye, las disuelve; carcomen las movilidades cuando no hay quién pueda ser distensivo, distender la inmóvil soledad desenvolviéndola en fragilidades siempre compulsivamente evaporables.
Las hélices de dádivas tan presentes, y cercanas como si adentro de rocas estén, arremeten contra piedades clementes; mientras se conocen petrificadas, y alineadas para la procedencia de ilusas perennidades. Las variaciones termales acaecen sobre éstas; las tempranas apariciones, y hasta las últimas desapariciones de mañanas noches sobre atardeceres entre crepúsculos eternos. La ejecución de toda variante sobre esas quietudes, en estas quietas rocas donde una vez hubieron existencias. Donde quizás hubiesen sido ágiles cuerpos yendo hacia otras variantes sin que los disuadieran, sin que expulsasen sus restos mientras inquietos hayan estado.
Erosionarán toda quietud pulsiones desde adentro, por afuera hacia el interior de cada reflexión contemplándose inmóvil. Resto indefenso, caída de protección. Decayendo las últimas genuflexiones quedarán polvos aireando el erosionismo; depredándolo con citas imprevistas, y asechos inquietos siempre con pulso insidioso con presiones afilándose con tenazas con cambios abruptándolo disuelto.
Los futuros lejanos olvidarán aquellas rocas. Esas ásperas agonías augurándose discordes por desconocerse perecederas donde las inquietudes coexisten para recordarlas vulnerables. Los tiempos acaudalarán secuelas de quienes han estado indemnes como gotas en ríos, como nubes en grises cielos. Las avaricias por permanecer aquietadamente desaparecerán cuando se sepan rocas erosionadas ante abruptas variaciones climáticas y vitales. Las resurrecciones perderán sentido cuando despierten insensatas enfrente de una vida sepultada en fosas sin fondo. Donde las restantes piezas de cada parte mimetizadas sobre existencias inquietas desolen rocas aquietadamente; dadas para disolverse ante erosiones de presión primeriza.
Erosionándolos nada quedaba de ellos. Los habían petrificado.
Los cuerpos habían corrido sobre carreras hasta saberse senderos entre bifurcaciones unidas. Lo inusual, alguna quietud; lo inaparente, cierta detención.
Pero sus movimientos habían trepado, saltado y hasta entumecido petrificaciones. Pero hasta que los habían hecho roca: piedras por el simple motivo de que en cambios se hallaban. En las mismas variaciones, en los mismos aires.
Esos movimientos, esos andares; esas dilucidaciones para buscar petrificar al resto, en ellos mismos se habían ejecutado. Ellos se habían convertido; pero no por sí mismos. Ni por quererlo, ni por haberlo ansiado tal vez ante algunas vistas acerca de las implicaciones de los sucesos: lo variado acometió.
Los hombres libres, en rocas, petrificados quedaban siendo potente fuerza para atravesar siglos. Los pedregosos pujes hacían despóticas firmezas para retribuirlos perennes.
Y lo aislante, esa soledad instaurada, agonizaba por ser piedras de roca inmóvil. De un tiempo invariable, de cambios indiferentes, prometiéndoles deshacer solitarias pendencias devolviéndolas hasta inquietudes erosionadas en libranzas.

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