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viernes, 9 de octubre de 2009

Ojo de tormentas (2ª parte)


Ambos abiertos: un océano de ojos cayendo desde arriba hasta abajo para verlo sin pupilas: un hombre que no podrá ver la rebelión de miradas. Se aquietará cuando intente dilucidar –en vano- las ininterrupciones tempestuosas: tormentas de ojos tronando sin párpados para verlo.
La apertura del cielo dejará parámetros acerca de la inmensidad cuantiosa cayendo desde multitudes para multiplicar ojos sobre su entorno que será un paisaje nunca sabido. Caerá una apertura, un múltiplo infinito de caídas desde un abanico balanceándolo mientras nada sepa ni quepa ante sus percepciones sino ruidos, como si gotas fuesen las ovalidades caídas.
La destitución de nubes despertará ilusiones por un mundo con días con noches siempre presentes, aunque nadie vea allá; mientras solo quede siendo último visionario sin ojos aunque hacedor de esta respuesta, ante órganos que nunca tuvo ni tendrá; aunque estarán a su alrededor disponibles.
Por más que desee recomponerse, no podrá. Por mayores bienes que desee; por más anhelos que ambicione, nunca podrá saber (es ciego) de ojos a su alcance.
Ambos abiertos abrirán mayores cielos decorándolo con cercanías pese a la azarosidad de tormentosos revuelos tronándolo por doquier; mientras en nada pueda sujetarse, en nada asirse ni aprehenzarse: desconocedor de su producto esplendoroso, darse ojos para verse o ver.
Ambas ambiciones, su querer ver aunque ciego y el brinde de ojos, serán irrencontrables cuando una carencia es sólo falta. Cuando una merma es fatalismo, y nunca reemplazable: irremediable.

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