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sábado, 25 de julio de 2009

Especie cóncava (4ª y última parte)


Arena y más arena habían traído los vientos que secaban cada árbol, cada fruto pronto a ser alimento de animales, arena gris, arena violeta volaba por los aires cayendo sobre todo césped verde. Lo hacía pérdida, recuerdo, olvido, lo deshacía para demostrar de esta forma la desaparición de cualquier vestigio celestial sobre tierra de hombres. Los monjes lo sabían, lo habían oído en procesiones y leído, lo sabían; como asimismo acerca de su impotencia cuando esto ocurriese.
La polvareda había secado los días y noches con mantos prontos para asimilar los rocíos desesperados y las lloviznas desconcertadas. La humedad ya no era tolerada sobre el manto que cubría todo haciéndolo seco, tenso e irremediable.
Aunque nada volviera a ser lo mismo, la especie no había huido frente a su posible extinción. Dándose con plenitud a la concavidad del fondo –y demostrando su prolija convexidad- se unió a su destino. Afirmó lo que desde siempre se había supuesto. Despejó dudas, las libró entre los huracanes de arena hasta llevarlas tan lejos como su definición de lealtad. Su compromiso se vio realizado cuando ya sin agua la laguna, un angosto cobertor ocultaba el suelo.
Arena, arena y más arena habían traído los violentos, los furiosos vientos hasta apaciguarse y dar paz a este territorio, al monasterio. Ya al advertir el cese de las inclemencias, los monjes habían retomado su rutina habitual mientras algunos se sumaban a la campaña de limpiar la pradera para que el césped volviera a ser llorado con penas funerarias. Es que el arcano maridaje había desaparecido, la historia de la especie había quedado como fantástica leyenda entre los lugareños, y la mágica bruma aniquilada en su propio espacio y bajo el mismo cielo sin restos para poder regresar.
Pero la especie no había muerto, y entre ella y el suelo de la laguna quedaba una verdinegra agua apresada con poca niebla.
Tanta sequía profetizada hubiera dado fin al ser vivo del lago, aunque pudiese perdurar de forma abstracta –apenas dotada con sentimientos de angustia-; tanta sequedad, secos vendavales acaecidos hicieron que la especia aún permaneciera de esa forma pues jamás alguien estaría dispuesto a reconocerla.
Ojos habían reposado sus miradas sobre ella. Ojos que nada advertían sobre las cualidades y capacidades de una forma, una silueta y figura que bien podía adaptarse al terreno en el que se dispusiera. Ojos que tal vez cerrados viesen en la convexidad de sus párpados una minúscula aproximación acerca de ella, aunque no en su color real.
La especie perdura ante cada uno siendo un ojo y un párpado. Abierto, cerrado, de una forma se ve y de la otra, no. La especie es un talismán que todos emplean sin saber lo que identifican; desconociendo la simbología audaz de lo que jamás ha de extinguirse, como húmeda pupila entre el prado monasteril de cada rostro humano.
La especie perdura y perdurará hasta que ya nadie desee ver, o emplear cada uno de sus ojos para que dos antípodas, bien y mal, se acaricien deshaciendo la dualidad que maltrata a cada hombre. Es que cuando un párpado se cierra, una convexidad se posa sobre una concavidad. Y aunque desde fuera esto no sea visto, el hecho es tan real como la subsistencia de la especie del pantano, como un ojo.
Ojos que se abren y cierran son un maridaje que se extiende durante toda la vida del hombre. Y pese a que éste no desee mirar, la especie debe cerrarse para humedecer la pupila que ve, registra y recuerda, que siempre verá y sabrá perpetuarse para demostrarse cóncava metáfora.


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