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sábado, 30 de mayo de 2009

Tornasol


Mezclan las tinturas un enigma coloral. Se hallan en variedad, modificadas y hasta en plena tergiversación cuando el tornasol quiebra su sino con intrepideces matizando. Y por esto se lo cree inminente apertura hacia la destinturación que será otro color dentro de cavidades influenciables.
Cada textura de mi rostro toma un naranja, un blanco y un rojo desde paletas exactas. Los adquiere, como los ha adquirido para ser visto contra la invisibilidad de tonos huidizos; invisibles como un retrato sin remitente. Y los observo –mirándome, a su vez- sobre un espejo siendo amuleto leal que jamás pondrá imágenes hechiceras.
Pero las cinceladas, aquellas unciones de color en mi tez empleadas, se habían descompuesto; habían mudado hasta desatinar impecables y genuinos márgenes de una realidad antes certera. Es que lo reflejado mediante ese espejo no habían sido más que violetas y púrpuras. Y aunque hayan estado dentro de cada contorno, ya no los creía míos.
Cada mixtura vierte sus tránsitos para no removerse jamás. Para no perecer ni detener continuidades de místicos sobresaltos haciéndome objeto de inspiraciones que con pincel y lápiz desde una paleta tornasolada emergen. Se escapa cualquier intento de permanencia, y estatismo. Hasta la sabia certeza de mi silueta parece querer desamoldarse para librar las locuacidades de tanto tornasol inculcado.
Y observo, miro, porque viéndome contemplo visiones arremolinadas.
Y ocurrió, ha huido la cara del cuerpo más allá de sospechables direcciones. Se han deshecho, sino extendido, las amplitudes de cuanto gesto, mueca o infranqueable tez hubiera podido tener.
Por las velocidades de variaciones entre un naranja y un lila sin mediantez habida ni tenue lapso apreciado, en el pleno tornasol caía. No discernía paletas ni pinceles, ni colores estáticos: nada se detenía enfrente de la variabilidad imperenne.
Nada podía mirar más que descoloraciones haciéndose coloración impersuasible tras continua y brusca tornasolidad.


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