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sábado, 23 de mayo de 2009

Desdentada


No solían masticar sus dientes tras la muerte. La mandíbula reposaba sobre los estantes cuando se exponía en museos, o disponía otras veces ante visitantes observándola. Pero cada muela, y todo colmillo, permanecían rapaces como estando contenidos en vivo organismo.
Se la había preferido ver durante las noches, bajo la espesa luna que había semejado remitir su blanco calcáreo. Ver la plena dentadura, sus milimétricas funcionalidades que hubieran podido deshacer cuanta planicie se le acercara inocentemente. Y se la había electo proverbia mecánica para dentar cualquier sitial cuando hubiesen apetitos.
Los sonámbulos que por debajo de las diversas lunas –en cada etapa- habían visto, asimismo, aquellos dientes, creían tener cercana una réplica de las tinturas blanqueando. Y los había sustraído la subrepticia sorpresa de pozos sobre la luna cuando sin nubes el despejado cielo nocturno libertaba toda meticulosidad.
Notaban hoyos sobre la superficie lunar, honduras y profundidades tan dispares como las mismas muelas que habían visto. Habían creído en una insinuación –aunque precipitada- que mediante estos vaticinios legasen visiones a seguir. Y desde entonces, desde la percepción insólita hasta la extrema disonancia, observaban.
Los museológicos estandartes junto a la luna establecían banderines cuyas sombras, explícitamente cuando aparecían meditabundas, todo habían sombreado; hasta opacar días indivisos.
Mientras en esos personajes no mermaban sus arrobos, la mandíbula quedó sin dientes. Es que hubo sido ésta quien mordiera esas blancas planicies hasta desdentarse, dejar sus muelas y colmillos sobre el diáfano manto curvo.
Y nadie la hubo visto, no; ni siquiera los que durante días y noches la habían custodiado. Por distracción, tal vez; por creerla muerta, seguro.
Organismos supuestos yertos se adjuntaban sobre cada diente de la mandíbula blanquecina; ahí convivían. Y habían susurrado para que vientos llevasen a los visitantes hasta atender sólo las alturas. Para, quedando libre, ¡dar!, ¡darle mordiscos a la luna sin sabor!
Dientes que masticaban durante sus vidas, rumiaban durante las presupuestas inexistencias hasta dejar la desdentada mecánica sin voz. Y sin explicar su impulso, su carnívoro rapto.


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