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sábado, 11 de abril de 2009

La fuga (4ª parte)


Cuando la bendición por irse del mundo se hubo concretado, cuerpo y sentidos se fundieron en el hombre. Siempre había rezado por un eterno amparo que resguardase todo lo que había existido. Y sucedió.
Desde ese entonces había callado. Contemplaba aquel espacio pronto a extinguirse donde había implorado e implorado.
Sin embargo la completa desaparición se había consumado cuando a su lado vio una estatua en posición de rezo. Se asemejaban a él las singularidades de cada gesto y rasgo esculpido. Las posturas y las intimidades de su fuero eran idénticas a las que él mantenía. Y no era el único observándola: varias personas se juntaban a su alrededor; y los elementos, los cuatro elementales que crean los mundos.
Desde que calló todos habían admirado la estirpe sacrifical (a esa estatua) cuando la huida es recurrente.
¿Y él? ¡Él había huido! Se había fugado, aunque por partes, desde allá mientras quien realmente se había implorado y generado el encuentro hubo sido esta estatuilla de nube resplandeciente.
Mientras comprendía que la bendición verídica había sido partir desde allá, se acercaba junto a la estatua. Había intentado rememorar su prédica, pero ya de nada serviría. Y cuando estuvo ante el cuerpo neblinoso, lo había tocado.
Partes de esa nube se extendían sobre él permaneciendo durante un lapso vasto. Presumía que no se irían, que quedarían adosadas con quien ya las oraciones se consumaban para olvidarlas necesariamente.


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