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sábado, 4 de abril de 2009

La fuga (3ª parte)


Había quedado él. Tierra, aire, fuego y agua habían huido. Había orado para que nada de esto ocurra, tal vez con una extrema espera. Pero sin, sí, sin ignorar que pudiera no suceder.
Desde que sin cuerpo había quedado, su voz persistía mediante oraciones clamorosas desafiando la indiferencia de cuanta plena compañía tuviese. No había rezado sólo por los objetos ni por los seres vivos, sino por un mundo que se representaba dentro de él. Quizá el desmesurado voluntarismo ahincado en que nada lo abandonara haya sido la sinrazón de su acometida. Y sus bramidos ya apenas habían adorado las sílabas que emitidas se habían retirado hasta siempre.
Su vista había quedado. Pero no observaba nada donde nada había, donde todo huía hasta el diluido vislumbre de esto mismo. Y los sonidos junto al olfato se habían quebrado como leños de un fuego exhalando humos indivisos.
La oración membraba por la conjunción de una permanencia ya atroz, acá. Habían notado, sus desbarajustadas visiones, que en el vacío nada podría estar. Si cualquier ente se ubicara en éste, la depredación abismal lo resumiría en trozos de espasmo prontos a descomponerse. Pero si no huían, si se quedaban. Y la marcha de todo había concluido -excepto la de ese trino implorante que no cedía-.
Entonces había variado la plegaria. El pésame ya era irse, como todos lo habían hecho. Irse para siempre de este mundo.
Aunque nada lo oyese, por más que oídos no hubieran, la voz permanecía; aunque había notado que para nada serviría.
Quien había implorado por la permanencia sobre un suelo descompuesto, había dejado sílabas dispersas que ningún ser podría ordenar para asimilarlas ¡Y ninguno volvería! Nadie lo iría siquiera a percibir mientras allá estuvieran, y menos con él cuyo cuerpo minusválido carecía de su real voz.
Cuando el espacio había comenzado a deteriorarse, este presente de sensoriales frecuencias disminuía con reveses raptores y vertiginosos.

…continuará.


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