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sábado, 25 de abril de 2009

Centinelas


Desde que la sensibilidad vigilaba cada aposento ninguna planicie había demostrado montículos. Fuera y dentro de la ciudad, entre ésta, los obreros fortificaban muros para imponerse contra la esquivez del temor. Y mientras las personas buscaban refugio, no hallaban ni en los más íntimos recodos protegidos un ambulatorio socorro.
Se habían dirigido hacia las torres, hasta alturas con la equívoca esperanza de cierta seguridad resguardándolas. Pero los temblores hacían ahí simples efectos movilizando suelos.
Se habían agrupado en cualquier hogar para –de esta forma- mantenerse mediante una estrategia fraternal contra percepciones que habían parecido observarlos, reconocerlos y perseguirlos como si liebres fuesen durante una perseverante metralla sensorial. Pero no había nadie dispuesto a creer en los poderíos del resto de sus pares, porque el temor aún persistía.
En ese entonces, todos, hasta los animales habitando en las periferias habían temblado y temblequeado cuando sentían el auscultante análisis.
Cuando la fortaleza se hubo construido, ya nadie la creía pertinente, capaz de deshacer el acribillo diario ante los órganos de la impiedad. Es que en todo sitio había estado; en cada campo y refugio: en todo ser vivo. Y era tal su fuerza que nada podía ocultarla y alejarla de sí.
Sin embargo existía una fortaleza más allá de la construida ahora, más añeja y de mayor envergadura: los agentes vivos.
Y fue cuando ya nada prometía proteger a los ciudadanos ni a los animales cuando se hicieron centinelas. Se convirtieron en protectores de sus propias vulnerabilidades y del resto que los acompañó. Y cuando no hubo más búsqueda, hubo hallazgo.
Desde que hablo, desde que transformo y erradico cuanta problemática existe sobre los dominios del pavor, me sé sobreviviente. Lo sé al igual que toda persona que se ha hecho centinela; es decir, como todos, como cada habitante.
Y aunque persista el miedo, esa rítmica insanía zahiriendo siempre en todo tiempo convirtiéndolo en un espacio que recorre evaporado cada entraña, lo seremos.
Aunque en cada recoveco quepa un alfiler; y en cada solaz, un fantasma inmortal, descubro. Descifro crueldades persiguiendo hasta que guardianes de nuestros sentidos somos.


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