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viernes, 27 de marzo de 2009

La fuga (2ª parte)


Todo se deterioraba en pasados irrefutables. Las plegarias de quien siempre había exigido -siquiera una compañía estable- se deshacían como cada cuerpo inhumado, y yéndose tras los límites de los presentes diarios.
La velocidad de los desplazamientos se había acelerado tanto que ya nada veía. Solamente distantes sonidos habían crepitado como si gritos de despedida fueran. Y, mientras imploraba para que nada se fugue, nada lo había retribuido. Nada. No había ni remuneración por más insignificante ni incomprendida siéndole bendición. Nada, no había nada que le comentase (ni murmurante, ni sigiloso) que estaría en este mundo porque no quería marcharse. Y entre las vociferantes fluideces caóticas de cuerpos transfigurados, nada había podido contemplar.
Todo se fugaba. Se había estado yendo toda parte de toda entereza. Las pequeñeces habían desestructurado vastas y tensas obras implantadas con la intención de permanecer. Las glándulas ya prohibían emitir más conversaciones por aguardar la llegada hacia el otro lado. La verdad había dejado su mentira. Lo restante era orar. Pero, ¿ante qué?
El hombre postrado sobre un suelo movedizo había sido el único restante. Sabía que la posibilidad de huir junto al resto latía, había latido para que su débil querencia huyera. Y cada vez que un objeto lo atravesaba insinuándole las vetas por donde iría, había orado más, pedido más. Ya no imaginaba un Dios ante él, ya no. Imploraba como si él mismo lo fuese. Es que (a veces) creía que los dioses residían en un mundo solamente con el deseo de que todo volviera hasta ahí. Porque también especulaba que todo se había ido desde ahí.
Entonces, había pensado, la bendición por él buscada no había sido otra que la de irse. Porque la experiencia se lo había demostrado, y porque no había qué ni quién contrariándolo.
Tal vez hacia el mundo divino iban, con cada recuerdo, con cada figura desaparecida para reencontrarse.

…continuará.


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