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sábado, 7 de marzo de 2009

Clara cadencia


Una antorcha cayendo desde ningún brazo no será la llama hallada. Su fuego que impacta clarividente, su estridencia destellando sobre la claridad del espacio, no cederán. Victoriosa clamará la continua caída.
Pero desde que la he visto caer, todos mis arrobos no quitan siquiera uno de sus ocres rojos vivientes.
Ella nada entre la blanquecina espesura del océano inmerso, y por debajo se atemorizan las profundidades. Nadando en el agua ¡que es viento de tierra rocosa!, alcanza todo rincón hasta alumbrar más y más sus pequeñeces. La rozo cuando anticipo su próxima inmersión y, palpando cada eufórico brío de luz, se desliza desde ambas manos como pez lumínico.
Pero sé, ya creo sospechar su rumbo. Es que tras haber brincado sobre los muros planos de los fondos submarinos, parece querer emerger y quedarse sobre las tierras donde habito. Porque mayores luces podría dar, mayor vigor para que cada quien vaticine sus direcciones a seguir. Y entonces aguardo.
Espero que emerja auténtica, ¡candente, como la marcha dada bajo los mares! Vislumbro que en mis manos nada permanecerá inexplorado, ajeno a mí, desconocido ante quienes oigan cuanto podré decirles. Horadaré montañas, crepitaré tierras cavando convexidades donde la residencia sobre ellas permita –si es posible- comprender que el reino de la luz comienza. Desde que posea esa daga mágica, esa antorcha inmaculada, también habrán responsabilidades para respetar. Sé que nada deviene sin su trueque. Que la irradiación de tanto poderío es cuestión de héroes, es una oración bien conocida. Puesto que he andado demasiados siglos aguardando siquiera una unción lucera para aclarar los vejámenes dirigidos contra quien ya pronto será el nuevo rey de los árboles, y dueño de las aves. Indicaré el camino. Sí, ya lo conocerán.
Ya, desde que ha iniciado su desplazamiento hacia las alturas, ya apenas restan dos metros para nuestro encuentro. La veo estridencial, como un crepúsculo brotando en la opacidad del entorno rodeándola. La veo, huelo su aroma a brasa.
Pero cuando atraviesa la superficie acelera su precipitado viaje elevándose más aún para después volver a caer. Sin poderla asir deja su caída libre sobre otros campos tan distantes como los fondos de aquel océano. Y no la vuelvo a ver.
Todo permanece con la claridad que ya antes se ofrecía. De nada hubiese servido dar más lumbre sobre estos campos; salvo si hubiera conducido a la antorcha adentro de las cuevas desde donde fui expulsado.
Entiendo mi ceguedad por ansiarla; y por volver a las cavernas oscuras, asimismo. No podré demostrarles, a los que ahí viven, las fisonomías de éstas (si es que las tienen).
Sin la antorcha seguiré siendo un peregrino, un extranjero. Seguiré siendo desconocedor de cuantas tinieblas oculten mi pasado, la historia de quien quiso conocerse.


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