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sábado, 14 de febrero de 2009

Sembrador negro


Donde todo clavel resuena sarcástico, hallo desgracias. Sobre y debajo de tierras fértiles las revoltosas preferencias acerca de qué germina y qué no, desbaratan los huesos de las ovejas ofrendadas.
Cuando el asombro por detener la siembra de esos animales se reclina para reprocharme ineficaz, doy aguerridos cráneos y falanges para su descomposición terraz. Cada piel juzgada (en mi acervo) como renovante da tanto clamor a los propósitos ¡que desolan nefastos riesgos! Es cuando al sembrar ovejas, cuando por medio de cada una de sus partes la tenacidad de cosecharlas en tropel entusiasma y vitaliza.
Habían dicho que de nada serviría ¡No!, las ovejas se reproducen entre ellas, ¿acaso no lo sabés? Habían dicho que sí, a veces, muy pocas veces, que la tierra devuelve lo que el hombre entrega. En esos momentos cantaba ¡Canta la negra, canta la blanca! ¡Pero calla la oveja cuando se estanca! Cantaba y canto ¿Es que no lo ves?
De eso se trata, de no perderlas. Porque pastor soy, pero uno sin semillas vegetales, sin hoz, sin rastrillo. Uno con bastón de mando aunque nadie me obedezca ¡Y sin embargo aún canto!
Canto cuando las entierro muertas o vivas: cuando las dispongo debajo de este suelo tan caminado sobre esta montaña tan recorrida bajo este cielo tan admirado mientras muertas o vivas cantan que nada sobre eso han visto.
Todas sus voces se unen dentro de la parcela de una realidad tan estremecedora -por ajena- que despunta un sueño plantando claveles afuera de los territorios cantados.
Y en realidad es lo cierto. Si sembrase vegetación en una tierra dada para eso, cosecharía. Pero no lo haré. Ya he lidiado lo suficiente contra cada dicho repetido y repetido con reiteraciones yugulares como para permitírmelo ¡Y canto! Y cantan.
Las ovejas sembradas ya brotan; y cada resolución acerca de en qué convertirse, se resuelve. Las partes se han unido. Veo una cabeza, una pata. Las veo saliendo hasta que se encabritan y cantan susurrosos cantos opacos.
Entonces, ¡canto! Uno mi voz junto a la de ellas. Nada se disipa ni entremete entre nuestra música instrumentada con rebeldía. Es que son ovejas negras las cosechadas. Las reconozco. Ninguna blanca, ninguna. Y creo desde ahora en todo lo que se me había comentado, pero a medias. Creo en que por estar el interior de mi cuerpo oscuro (siendo blanco por fuera), oscuridades sembré. Y por esto, sólo por esto la coloración de cuanto he dado hacia las profundidades de la tierra fue devuelto con los mismos rasgos.
Entonces, ¡canto! Nada me pulveriza, solo cargo un cuerpo para ser enterrado. Cavo, cavo y me sumerjo bajo cada oveja que jamás ha obedecido. Por su rebeldía, quizás; por ser yo un negro pastor no apto para guiar, seguro.
Y ya por la incapacidad de no poder conducirlas, oigo un canto demasiado explícito, bastante acertado ¡Pastor que sin ovejas va! ¡Pastor que no lo es por oscuro! ¡Pastor negro, más negro que toda oveja, va!
Entonces, ¡canto! Uno mi voz mientras mi cuerpo se derrama entre la generosa tierra para infertilizarla. Y siempre que contamine cada territorio, suelo de las ovejas cantando, oveja negra seré que va sabiéndose callada por razones de blancas apariencias.


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