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sábado, 7 de febrero de 2009

Meditado viento


Dialogaban los vientos ante toda represa contemplativa. Decían cuán alto estaban mientras sus encantos por asir la tenuidad gozosa del sosiego los compungían para debatir. Nada más que arremolinándose uno junto a otro les cedía una momentánea tregua atmosférica, y discutían, polemizaban.
Pero hubo un viento decoroso que rasgaba la inmovilidad de furiosos estanques, había adivinado su celo para combatirlos. Los incidía, los abanicaba hasta que los promedios de las composturas firmes daban espacio de sí. Aunque viento, aunque aireada desplomación sobre las texturas de hierros manteniéndose expulsando, reteniendo, viento en busca de calma era. Deseaba meditar, trenzar los rizos de sus torbellinos hasta compactar el pelaje precámbrico, hasta la unción. El yugo de toda retención que en sí misma se halla había sido su afán.
Las ventiscas lo seguían. Lo notaban afligido, alterado por indisposiciones que ni siquiera ellas atendían ni comprendían. Las ventiscas perseguían su estela sobre los mares altivos. Los océanos, rocíos de jabón sobrevolando mientras se deshacían y ungían bajo él, sobresaltados quedaban.
Sin embargo las ventiscas lo seguían por el sólo motivo de serles amenas cuando una inesperada tregua otorgara el diálogo.
Ese viento ya sedado, calmo por tanta trenza hecha sin otra posible vuelta, había contemplado las ventiscas acompañándolo. Y sabía, sabía por haber conversado con otros vientos que el detenimiento era un fin para principiarse en la meditación jamás esperada. Es que por haber sido siempre aglomeración de aire yendo y viniendo, no creía asequible el meditar. Es decir que no debía atravesar los panoramas sin siquiera darse un mirar meditativo sobre ellos. Porque si bien toda represa o detenimiento provocado por algún objeto alterara la plácida espectancia, asimismo podía observar. Y fue entonces cuando, oyendo a los otros, notó otra manera de darse aireando.
Viento junto a los vientos decorando con sus trenzas los picos de montañeros viajes, inmovilizándose y desenfrenado cuando lo dispusiera, no había dejado nunca de ser viento de acción. Su marcha, y la marcha de las contemplaciones vistas desde la tierra nunca habían vuelto a verlo, siquiera sospechado que ahí continuaba permaneciendo.
Como oculto, como invisible presencia acariciadora, cuando había comenzado a meditar sobre el planeta rozaba con sus dedos a las ventiscas. Y ellas continuaban su actitud acariciando los diálogos para que tras debatires solamente opiniones quedasen sobrevolándonos.


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