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sábado, 21 de febrero de 2009

Lente


Entre ascensos y descensos la penuria de lo oculto no resultaba vista. Presumía que detrás de las parquedades, detrás de los entierros una llama cautiva pernoctaba en rondas para hallar su libertad. Sospechaba, y supongo que debía ser desenterrada del manto cobertor.
Ascendía adentro de la torre sabiendo que lo esotérico descendía, como si escapándose de mí estuviera. Quizá temiese encontrarse, darse tenue claror ante la atenta observancia que con mi lente inquiría. Pero continuaba ascendiendo. Ascendía, hacia el último nivel iba con la esperanza de que una oquedad abriera un resquicio para inmiscuirme y hallar el final de tanto desvelo.
Pero nada había. Ni el tímido presagio para quedarme aguardando relucía serio en la inanidad de la cúspide observatoria. Entonces había decidido variar.
Descendía nivel tras nivel. Bajaba afirmándome en la barandilla de la escalinata cada vez con mayor velocidad, como si un vertiginoso frenesí empujara el cuerpo que con el lente profanaba las mudanzas de la llama jamás descripta y siempre acuartelada. Y cuando había notado que ningún escalón perpetuaba el descenso, caminaba sobre el más bajo nivel. Pero mediante el lente había podido ver que los fulgores estaban ascendiendo más y más, hasta replegarse en el extremo superior del torreón de madera con escalinatas de varillas oxidadas. Y fue cuando noté la incomprensión que estaba sucediéndome.
Porque siempre estuvo. Siempre la llama se había presentado; -aunque ocultamente- nunca había dejado de reconocerla y describirla ¿Con qué? Con lo que ya había conocido acerca de ésta. No era esotérica, sino misteriosa; no era huidiza, sino en continuo movimiento. Desplazamientos que nunca había advertido. Y cuando yo ascendía o descendía, permanecía contemplándola porque jamás hubo lente que viese ciertos niveles (y no otros, a la misma vez) dentro del campo de la torre telescópica que se internaba en busca del corazón del sol. Y por haber estado adentro del telescopio, que como una inyección inevitable se internaba en las venas solares, sabía estar en una extremidad de alguna plataforma espacial.
Era el encargado del lente, de instruirme mediante éste para contar o redactar un informe al equipo que pertenecía. Pero había comprendido que el corazón del sol aún debía permanecer detrás, adentro, fuera del campo de nuestra vista. Porque al quitarlo para un análisis, nada de tal astro continuaría desplegando su fuego sideral.
Comprendo que ellos no lo entenderán. Que explicarles la necesaria vitalidad de semejante órgano, es un asunto ya pronto a extinguirse. Porque desde que he dejado de comunicarme con ellos, de narrarles los datos de cada cita por medio del lente telescópico, habrán creído que he muerto.
Desde entonces, desde ahora -desde que centinela de este corazón, soy- asciendo y desciendo al mismo ritmo que la sangre de las otras venas. Y con furiosas pulsiones, como una genuina arteria solar.


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