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domingo, 4 de enero de 2009

Descriptor


No sé si merecería irme otra vez tras las descripciones usurpantes. Porque desde un claustro hasta otro lleva su vista una celda adentro de su prisión. La conduce amplia, proliferando todo su mirar. Y estas casillas y casillas no hacen más que ejemplificarme frágil por perceptor.
Al surgir en donde estoy, otras transiciones han sobrellevado las estadías de mis estancias por haber descripto lo que ante mí se había expuesto. Al haberlas sorprendido, las he visto entendibles tal cual eran, incorruptas contra cualquier prejusgación hecha para virtualizarla. Ya olvidadas, las mareas de mi memoria empalidecen y se refrescan para ver, olfatear, oír cuanto sea posible; accesos de los que jamás –esto sí me es bien recordado- he perdido la fórmula adecuada para instalarme como observatorio organismo corporal. Y ya nada permite recordarme.
Al brotar, noto el brote de hileras florales que como murallones dividen un campo atiborrado con selvas. Es que en cada una creo ver otra, hallar la primordial, descubrir los primeros árboles ancianos que comentan acerca de dónde están los bosques. Y los radios de la expansión silvestre multiplican cada hierba sin quitarle su genuino porte indicativo, detonador de las verdes ramillas que abren pétalos debajo de una verdinegra sombra sutil. Nada se detiene, todo se enardece mediante recíprocas permutas de minerales para el auge de un día frondoso. Y ya nada permite que él recuerde.
Clarividencias solares despuntan las ramificaciones de mayor altura, aunque no olviden a las que por debajo se sientan para dejarse trepar por hormigas en tropel. Secan, los soles extirpan la última esperanza de los añejos árboles para persistir; y aunque sepan sobre su vecina caída, sobre sus cadencias desplomándose con silencioso impacto contra la tierra, aguardan sabiendo que no será ese su final. Que las ramas se hunden o deshacen hasta perecer debajo de los pastizales, es condición inexorable para otorgar una ceremoniosa oportunidad dejando que otros, apenas elevándose, se elaboren sin más que para renovar el bosque. Unidades elementales, unas para otras, descienden la robleza bajo una conformidad rociada con viento crepuscular.
Al caer un fruto desaparece la austera hegemonía de la vegetación viva. Pero no muere, su existencia se traduce en desplazamiento dando paso a otra caída. Y así, y así respira el campo sabiéndose visto, descripto, aunque no recordado por él. Es que debajo de un tronco deteriorado yace el cuerpo del descriptor desnutriéndose para yacer entre los insectos, y verlos.
Como si no supiera que haya sido retratado por una hoja, por lo que soy; como visitante instantáneo, idóneo, se ha ido del bosque explorado.


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