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domingo, 26 de octubre de 2008

Rojo agua


En el pozo donde caí todas las piedras eran arrojadas desde arriba. Torturado por quienes no admitían un desliz, siquiera una falta durante la rutinaria recorrida de esperanzas, intentaba olvidar, deshacerme de cuanto grato recuerdo me halagase.
Desde poca altura caía esa tempestad de lluvia mortífera, como si cuchillos fuesen agudizando sus filos al enfrentar mi cráneo frágil. Atenazado en los bordes del piletón, no había dejado que el acuoso y bélico rugir de la ducha me aterrara. Permanecía quieto, inmóvil. Persistía mientras variaba la temperatura de cálida a fría, impidiendo que mi atención se librara y cerrase la canilla.
Aunque el silencio no influyera en la catarata impiadosa deteniendo el irreparable daño, quedo estaba. Quieto. Había llegado a contar hasta con exacta precisión la cantidad de gotas que me laceraban a la vez. Este número a veces ascendía, otras no; pero nunca dejaba de ser suficiente como para continuar el martirio.
Pero nada había quitado mi atención sobre la victimización en proceso. Nada. Nada porque había estado intentando recordar la justa cantidad de gotas impactadas sobre mí desde el inicio. Y como esta empresa de ardua se convertía en inalcanzable, algunas ideas la habían sepultado, la habían callado para permitir la liberación. Es que en ese momento estaba recordando, pero no podía recordarlo todo. Entonces sustituí la cantidad por la cualidad de clase en cuestión; es decir, en vez de conmutar la suma de todas las gotas, había reconocido que eran gotas. Y nada más.
Cuando una suturante calma despertaba en mis nervios, unas gotas rojas habían comenzado a caer. Y no caían desde arriba, desde las alturas. Las gotas rojas caían desde mi cráneo frágil.
Aún no habían satisfecho sus reproches, y proseguían arrojando piedras que no lograba ver y que quizá fueran transparentes.
Caen rojas. Decido soltarme de las rejas del pozo y cuando me acerco a una de ellas otra golpea sobre mi sien. Caigo.
Al despertar ya nada cae, todo permanece en reposo. El dolor de mi cuerpo alcanza los límites del tedio exagerado y de la supervivencia delirante. Desmiembra todo intento por escalar y huir.
Mis sentidos, y el resto de las capacidades de mi cerebro se me aparecen como nuevos, como si nada supiera acerca de mi pasado cercano y lejano. Es que recuerdo un pozo blanco con una ducha y una bañadera llena de piedras. No sé si he estado en uno u en otro. Pero si sé que he sido torturado.
Sé también que he olvidado demasiado por reducir los recuerdos a simples elementos: piedras, gotas sólo rememoro. Sé que el olvido me ha permitido sobrevivir a varias circunstancias, como si hubiera huido, aunque ese rojo agua siga cayendo sobre mi piel lacrándola.


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