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domingo, 7 de septiembre de 2008

Sin lago


Siempre lo veía intentando hacer suyo todo. Aunque siempre había creído que en realidad poseía, esa fantasmagoría entre los elementos y su permanencia temporal lo replicaba, lo nombraba ciego, inocente perceptor. Siempre, hasta cuando habíamos ido al lago.
Acercándonos hacia la laguna de veloces remolinos que se extralimitaban e inundaban las cercanías, nos preparábamos para deleitarnos ahí. Sabemos que siendo los únicos hombres solos entre tanto descampado debemos tener precaución ante circunstancias de las que jamás volveríamos. Cuidados y repetitivos consejos se anudan alrededor de nuestras conversaciones haciendo un enlazamiento sellado, obturado para quien intentara modificarlo. Y nos acercamos hacia las orillas, y apreciamos el oasis.
Él se interna en la laguna. Dice estar en ella, que nunca lo olvidará como tenaz nadador, que su paso será recordado por cada pez o vegetal que por ahí ande. Yo no respaldo sus decires. Serán los míos muy otros, muy recordados por los minerales tal vez, por una roca quizá.
Sentado sobre una, parecería que entre ambos nos comentemos lo que transcurre, la irrealidad del suceso. Porque él dice estar nadando en el lago mientras está en el centro de éste. Había dicho estar ya ahí mientras estaba en sus orillas o tras unos acotados pasos. Había dicho y pensado estar en el lago cuando jamás alguien podrá ocupar ni obtener lo que es nombrado bajo condición absoluta. Porque yo puedo ver el lago, pero desde mi perspectiva y jamás desde otra a la vez. Pero veo uno. En cambio él está dentro, es decir que no ve más que una parte; está en alguna parte de él y no en la laguna conceptual vista por mí. Ya no puede observarlo, y menos estar en él porque está o en sus principios o en su centro.
El lago será siempre un concepto jamás accesible al tacto, dice la roca, nunca dado a ser poseído. De esta forma nuestro viaje ha sido inútil, le arguyo.
Siempre que he de observar la parte de la roca que había traído de aquella aventura, recordaba lo oído. Volvían a mí cada apunte aclaratorio para que no sólo perciba, sino para que sepa deducir lo real de cada ente sentido. La observaba demasiadas veces. Tantas que hasta temía que ella no hablara, que no haya sido quien me consolase cuando mi hijo se ahogaba en el lago. La miraba, pero no deseaba que callara, ni aunque sea la primera verdad, porque ella dijo que si él quería ser recordado por la laguna, ahí debía quedar.
Siempre que había vuelto a verla, hablaba menos como si me ocultase un engaño. Yo le seguía hablando, quería ser recordado al menos por ella si es que podía. Y había una forma.
Cuando solos nos encontrábamos, no habían secretos. Estaba su lado filoso dándose para un corte agudo, intenso y cuando lo dispusiera. Tras éste, quedaría ella recordándome, ilimitando existencias.
Aunque había decidido recordarla siempre junto a mí, aunque no me haya atrevido a la inmortalidad, presentía cierta compasión, cierta custodia ante mis pesadumbres. Sentía que cada vez me hablaba menos, y apenas frases débiles y sin sentido. Presentía cierta culpa cuando sentía que jamás volvería a hablar con ella lo que hubiera comentado con él, con el niño nadador.
Y entre recuerdos, recordaba por todos. Rememoraba hasta la teoría de los plenos y las partes, aunque una falta irremplazable la quebrara por causa de desatención y sentido común. Había perdido una de mis partes, aunque no el concepto que hacia ésta me unía y unirá como un lago sobre la profundidad.

1 comentario:

Diego Jurado Lara dijo...

Muy bueno Federico. En fondo y forma. Aunque ya estoy acostumbrado a ello. Me gusta el leve giro que has imprimido.
Un saludo.