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domingo, 3 de agosto de 2008

Llegada


Cuanto se decía de las tres personas que iban hacia la línea, era sintetizado. Resumían los que así hablaban, argüían para desenfrenar su diálogo, sus conversaciones vulnerables ante la extinción de tema, meollo de cuestiones siempre punto por punto vistas a ser prolongadas.
De las tres personas que se habían dirigido hacia la delgada línea, ninguna cesaba ni estaba predispuesta a retroceder. Avanzaba el primero moviendo sus piernas con gran esfuerzo, con préstamos de articulaciones y extremidades para dar soltura y ligereza a su empresa. Secundaba otro haciendo visto lo invisible -o prohibido- sin atenuación alguna, sin aguardar a nadie sus manos estuvieron siempre antes que su vista para demostrarle lo por venir, lo ido y lo que jamás se presentará frente a su sien de calva clarividencia coloral. Tercerizaba el último con desgano y sin sapiencia aunque presto a dar exiguas corridas en pos de un adelanto sobre el trayecto, con ánima vencida recorría entre precipicio y feroz altura colmillal aunque zarpaba con molares, con su entera mandíbula hacia el frente en vértigo acelerado, raptor de quietudes en demasía expuestas.
Delgada línea no titubea cuando se acercan supuestas ferocidades prontas a desfallecer ante una mínima señal de exigencia. Pues la línea limita entre lo anómalo y lo normal, y en un mundo parametrado de esta forma. Orbe que determinará cuándo y cuánto de cordura se ve en vos, se admite en vos para habitar con libertad en él, mundo dictador, superficie, mazmorra destechada para que caigan más desheredados, ajenos del privilegio de estar de acorde consigo mismos y entre él.
De las tres personas que hacia mí se dirigen, ninguna cesa ni está predispuesta a ceder. Avanza primero, el hombre sin piernas. Secunda el otro, el no vidente, el ciego. Terceriza el último, al que no le es posible sentir mediante su tacto, el que ha perdido la sensibilidad de la piel.
Cuando digo que las tres personas que vienen hacia mí, sintetizo, resumo un diálogo imprudente. No sé quién cruzará sobre mí, quién no desmayará en el camino.
Digo que sus carreras valen, asimismo nada alcancen y perezcan burlados. Digo de quien corre, que habrá cruzado siempre una línea, tan delgada que nadie ha de notarla, una línea, la de largada.


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