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domingo, 24 de agosto de 2008

Equilibra


A medida que desciendo dentro de la fogata iracunda entre yugos sidéricos, asciendo. Alzo cada mano para afianzar una rama contra mi sien, junto a la frente, y asciendo hacia la evaporación constante de aire revuelto holocausto.
A medida que desciendo, asciendo. Metros que cronometran minutos al ascender, son estampas para retener los deslizamientos. Registro tanto escalamientos como descensos (cuando no son uno). Sé de ellos y los empleo siempre antes de que los inicie, los dote de vida movilidad cuantiosa.
Cuando el sol declina otros astros y sigue reinando junto a la desaparición, ocurren singularidades. Me sé donador de mesura, de un régimen exhausto por ser su máxime rigor el justo medio. Me sé bajo y alto, desordenado y ordenado, determinador y determinante; equilibrado.
Entre la fogata y su humo me suspendo. Nada puede medirme sino con una regla de permanencia bajo razón de ecuanimidad para todo cosmos creado y en proceso. Nada me sostiene ni sostengo, aunque algo sea, equilibrado.
Y son esos momentos en los que al ver agua sé cuántos elementos húmedos contiene, aunque contenga una minoría seca. Y a la inversa, cuando veo sobre la superficie tantos objetos secos, mientras una semilla rinde el homenaje a su fruto con sabia alimentura entre tallos encubierta.
Lo sé. Sé de estos momentos hasta que la luna declina otros astros y oculta, reina. Y se presenta el sol rociando despiertes.
A medida que desciendo en el sol, asciendo. Me elevo hasta fuera de la atmósfera para sólo apreciar medidas desconsideradas, hasta sus límites.
A medida que asciendo y desciendo olvido mi punto de referencia para decirte cuán mucho, o cuán poco me interesa saberlo. O cuán equilibrado esté. Ya no mellan en mí registros de ningún tiempo y número, ya mido en finitud eterna.


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