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domingo, 31 de agosto de 2008

Carcelario


Reuniendo divagaciones desde un rincón del mundo, no cabía el mundo en mí. Presentía, suponía que más no podía especular, y menos dudar. Presumía que ya preso, todo era más vulnerable a ser juzgado porque no había quien me coartase.
Libraba una, libraba dos dudas dentro de cualquier axioma irrefutable por vertebral, por columnático en un organismo verídico y viviente. Estaban libres las historias de quienes me habían ayudado a no caer acá, a no estar preso. Pero recordando a los que habían desmembrado la médula de mi cuerpo defensor, detestaba estas libertades.
En la celda, encerrado, lo último atrevido que restaba por hacerse era juzgar. Y había empezado por mí hasta realzar cada anécdota sobre imágenes, haciéndolas holográficas y envolventes. Pero ya esto había hartado todo elogio merecido, y di por sojuzgar al carcelero.
Nada respondió. Nada dijo. Miraba por detrás y por delante, alrededor. Ajustaba y preparaba la celda. Y llamaba a otros mientras le preguntaba si era justo que lo hiciera, si era necesario que nada diga acerca de mis conclusiones.
Yo ya nada me animaba a sugerir. Desconocía si los presentes precedían a los futuros porque en el porvenir se evocaban con título de recuerdos. Y hasta quizá los pasados sean de esta forma el futuro de quien jamás vuelva a tener libertad, de un perdido latir añejo y malformado dentro de su destino yerto. Quizá el pasado sea el futuro por el hecho de estar siempre recordándose.
Y seguía sin responder, sin decir nada. Sólo desprendía el gas hacia el suelo, y esperaba por el resto de mis dificultosas respiraciones.
Nada respondía. Nada decía. Miraba a través de la piel cubierta por la vestimenta, miraba el cese de todas mis extremidades nerviosas, de todo preguntar, toda explosión orgánica.


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