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sábado, 21 de junio de 2008

Virus (3ª parte)


Cada volumen que se le había acercado, había sido repelido, impulsado hacia lejanías. Cada consuelo, rechazado.
Decepcionado, sentía que lo dado a dejar, a desprender, había sido perdido. Librado o preso, vivo o muerto (no lo sabía), ya no convivía junto a él. Esto era lo que él había deseado, lo que quería su Yo en tiempos donde recién conocía al otro, al ente interno.
Pero ya no pensaba de esa forma. Ya había vivido la experiencia de presenciar la realidad con el doble de las percepciones y sensaciones, ya había experimentado duplicar cada instante.
Un triángulo descendía hasta rozar un círculo para pronto ascender. Y cuando volvían los cubos y rectángulos amarillos, nada de aquellos quedaba. Ni había podido ver descender al círculo.
Gases aromáticos habían rellenado los intersticios de cada objeto hasta comprimir la atmósfera, hasta dejarla deslumbrante por luminosa.
Pensaba en cómo vería esta circunstancia con el otro, con la otra parte de él. Pero no era posible. Quizás lo había asesinado su desinterés, su indiferencia durante aquel baile donde el salón, donde los cubos y rectángulos se habían disfrazado para demostrarle la prioridad de los factores externos en vez de los internos. Situación que tal vez lo había conducido a eliminarse por inapropiado y hasta incómodo. La misma inconformidad que había vivido el Yo externo al verlo y presagiar un futuro.
Aunque su desaparición haya sido desconocida para él, para el hombre de la cúbica atmósfera, ya no deseaba la dualidad. Se había acostumbrado.
Ya volvía a su univocidad, la única manera de presenciar en cada momento a un cubo haciéndose rectángulo gaseoso sobre el mismo anaranjado plano.


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