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martes, 17 de junio de 2008

Virus (2ª parte)


Al verse, al ver desde afuera a lo de adentro como un virus, no sabía por qué aceptarlo. Tendría que ceder y dejar que éste opine, pero así perdería sus observaciones imparciales. Aunque de esta forma si lo quitaba se mutilaba a él mismo –porque el otro era parte de él-, prefería perder a ese Yo interno y mantenerse como siempre, expuesto con sus percepciones externas hacia fuera.

Nubes de gases violetas habían mudado hacia un rojizo oscuro y elevado un rectangular mástil de base cuadrada. Algunos cubos rojos volaban a su través. Eran diminutos y dejaban huellas cúbicas de nubes estridentes.

Ya el opaco negro se había ido, ya aparecían colores.

Poco le importaba la variación de la atmósfera mientras el suicidio carcomía los restos de su compostura, su conciencia y perseverancia. Se había caído y no deseaba levantarse. Estaba desanimado sobre un cuadrado rojo y negro moviéndose en círculos debajo de él. Estaba sin saber nada del otro interno, del otro Yo. Y fue cuando comprendió que ése no veía la misma atmósfera que él, que veía su organismo interno y algunas representaciones mediante imágenes; que no lo agasajaban ni entretenían los cuerpos geométricos, y que sólo a la meditación y más exhausta contemplación debía dedicarse.

Ya los cubos habían cobrado colores más vivos, despertaban del tedio más incomprensible y doblegante. Y junto a estos, él.

Bailaba. Se vitoreaba con cada cuerpo a su gusto mientras seguía sin saber nada del otro. Es decir: sabiendo de sí mismo como siempre había sido, de forma externa.

Cuando se detuvo, reflexionó y notó que ya jamás volvería a ser quien se sepa uno. Es que ya había experimentado la duplicidad. Esto lo desconsolaba, deshacía la danza entre él y los cubos, aquel mundo atmosférico.

…continuará.

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