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martes, 6 de mayo de 2008

Puerta


Abierta cuando pasaban; cerrada cuando no, se removía aleteando. Cada ingresante, cada egresante (todo aquel que demudara su cuerpo a su través), cruzaba más que el umbral de una puerta.
Hombres atravesaban las escamadas fronteras del pez límite, pues la abertura hacía de finitud entre dos ámbitos. Hacía cuando pasaban y cuando no, de estrecha represa como un pescado dividiendo la esponjosa agua.
Todo quien la atravesara de un hemisferio a otro, se detenía ante ella, esperaba frente a su apertura y caminaba cuando le era dispuesto.
Abierta, ya no. Cerrada. Es que se había obturado como un pez estático dentro de una pecera, dentro de una roca vidriosa.
Abierta, ya había quedado en todos sus recuerdos. Es que presentían que jamás volvería a abrirse, a ofrecerse servil.
Y nadie había sabido el por qué.
Desde que me he quedado en este lado, reconozco a los objetos. Cuando apenas vi a la puerta, supe que la bisagra se había entumecido, sellado. Y aunque haya quedado cerrada, y yo sepa el motivo y arregle, no haré nada por darle solución.
Habría que reemplazar a la bisagra, nomás. Pues a ésta se debía la capacidad de poder ingresar y egresar de un ámbito a otro, de un mundo a otro.
Ya, los que nos hemos quedado en este lado, tenemos la fortuna de reconocer a los elementos –cualidad desde el otro lado imposible-. Sin embargo, esta gracia a nadie satisface. Porque todos ansían volver a reptar como líquidos entre las escamas de un pez límite, fronterizándonos.
Quizás alguno se dé cuenta y pueda solucionar a la puerta, a la bisagra. Yo me quedaré en este lado. Acá estoy para saber con qué y de qué objetos me suministro con sus secos nombres.



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