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martes, 5 de febrero de 2008

"Contradicción (no hay)", una novela


"De esta narración no espero que sea más que un intento por describir las ambiciones del protagonista, de deshacer el límite entre el mundo interior y el exterior. Que sea un único orbe vivido, el de la existencia humana. Al mostrarle la obra al escritor, historiador y docente Héctor chalo Agnelli, me comentó –con acierto- sobre la extemporaneidad de la novela, de su tono retórico. Que es un trabajo críptico y de difícil asimilación para imprevistos lectores que no hayan abundado en Borges, Kafka, “Las olas” de Virginia Wolf o en “La tempestad” de Shakespeare. Sé que requiere mucha atención y relecturas para captar el sentido de la trama; aunque quizás el pálpito dérmico de ella sea incomprensible de otra forma."

Este es el primer capítulo:

Cuarto de círculo,
inferior izquierdo

1
Solucionan los navíos a los empaques
petulantes, a las zozobras
impredecibles de los transportes
que, yendo sólo por tierra, no destinan
a los aventureros sobre los prominentes
líquidos cuando, por sus
ansias de retocar sus sensaciones,
elevan velas masajeando junto al
viento a las mareas escurridizas.
Desde la fiebre urbana hasta
el embrollo boscoso se tensan las
trompas de los elefantes ufanados
por vilipendiar su seco cuero bautizándolo
en las orillas de los lagos.
Veo animales entre barcas, la angurria
por desembaucarse desde los
suelos –que por ser firme no emblematiza
el sosiego–, erigiendo sus
compromisos de falsa piedad. Las
embarcaciones se retiran pronto;
las bestias, rimadas por el tenor del
agua, sobre la arena quedamos. Y ya
apenas me distingo de los elefantes
indiferenciando las praderas retoñadas,
envolviendo la mansedumbre
hasta la próxima inmersión. Aun,
aunque sin creerme uno de ellos,
un invicto blasón ante el deslumbre
de los ceremoniosos oriundos, creo
con inefable exégesis en no ser desdeñoso
de lo acuoso, y en no ser tal
animalejo de barrio si navegara.
Expiaciones al contacto con la
ribera, exilios con descomunales
géneros vivientes a través de una
circunvalación que provéa un cubo
triangular, son los compasivos, alentadores
gestos que a mi imaginación
se arriman cuando en mi habitación
la persiana, parpadeando, cierra el
ojo escrutador del entorno entre
días y noches sin articular un abrazo
vinculativo mediante su cuerpo sin
extremidades.
Sólo vapores angustiosos se
confieren hasta mi cama –donde
presumo el ocio– adosando su clima
irreal, pues han prometido ser los de
una comunidad plena, adaptable a
dispares criterios; juicios intercambiables,
juicios que primero debieron
haber sido conocidos para ser respetados.
Entonces desconozco los
vapores, los blasfemo. No así a los
que insufla entre sus apariciones,
un pensamiento: el del navegante
ofreciéndome partir hacia la certeza
de un destino crucial.


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