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Esperamos que encontréis aquí respuestas a algunas de vuestras inquietudes y también un momento de esparcimiento, acompañados de la mejor literatura.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Aspereza


“Conjuré una virtud que fue desgracia: hice a un mártir”

Te consumo. Arrojo de vos todo triste defecto para crearte como quiero. Aíslo un pequeño divague, un imperceptible desliz para que seas quien voceará sobre una multitud el benemérito brillo con su corona limada.
Te arrojo. Aíslo de vos todo alegre bienestar para crearte sobresaliente. Limo una gran fortuna, una necesaria desgracia para quienes te proclamarán hijo pródigo e inigualable. Hasta quizás de otra especie. Pues a quien lleva corona no hay quien pueda sublevársele.
Te aliso, conmuevo y designo lo que veías en otros para serlo vos mismo. Te he quitado ya la cabellera maltrecha. Corona ahora llevas. Arrastras corona, y oyentes para explicarles tu esbeltez.
Diles que siempre has sido espléndido, firme e intachable. Coméntales las atrocidades que has sobrellevado siempre solo. Pues jamás has de decir que te he limado. Es que no hay recompensa para quien se esfuerza –mediante maestros experimentados-. No verán ningún elaborado trayecto cuando demuestres tu tez broncínea.
Y ya nadie ha de recordar tu cabello opaco, discriminado, infame; aunque bajo la corona aún lo tengas.
Cuando deje de limarte, y sin uso caiga exiliado, no recuerdes quien he sido. Es que seré tan sólo una lima áspera y vieja, para entonces. Y vos lucirás como rey dinástico, no hecho por mí.
Ahora resta una última limada sobre tus ojos. Ya está. Ábrelos y vete sin verme. Adiós.
Cuando no limo, pues mi asperosidad se ha desgastado, soy inútil, senil y mudo.
Reconozco que mi trabajo no ha valido la pena. Es que la asperización es benigna y maligna sobre quien la ejerzo, sobre quien es pulido. Pues lo instruyo, lo reluzco con mentiras y padeceres cuando hiero. Y siempre lo hago. Ustedes conocen la funcionalidad mía, de una lima.
Aunque esto no es lo paupérrimo. Lo tan ultrajante y despiadado es que aquel niño educado para ser sublime jamás volverá a ser el de antes. Todos lo verán inmaculado, sin ver nunca su cualidad de hombre común.
Lo que en mí queda es su recuerdo de cuando sus rizos se entremezclaban entre sí para decirle al peine que ni ose arrimársele. Lo que en mí quedó es él. Y la tristeza de no poder volver a oír su talento inocente.


http://www.federicolaurenzana.blogspot.com

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